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27 septiembre 2010 1 27 /09 /septiembre /2010 14:25

 

 

 


HERMANITO1

 

Con la muerte de  León María Lozano [1], se pensaba que había llegado el fin de los asesinatos políticos y los crímenes de estado  en colombia. Los llamados “pájaros” de entonces nunca dejaron de actuar, sirvieron durante todos estos años al poder político liberal-conservador en todas sus variantes[2], con miles de muertos regando toda la geografía patria, con muchas victimas y casi ningún victimario: Impunidad absoluta.

 

Se ha pretendido y pretenden enterrar una historia que se construyó sobre la base del crimen organizado, dividiendo al país, apropiándose de la riqueza y silenciando la justicia. El problema político Colombiano  y el alto grado  de violencia, marcaron indeleblemente a varias generaciones y como subproducto una clase parasitaria que ha venido consumiendo gobiernos, territorios, personas y hacienda pública[3]; el espíritu constitucional en defensa de la vida, la honra y los bienes de la ciudadanía colombiana se ha convertido en  una ficción; esto debe llevarnos obligatoriamente a una reflexión crítica sobre nuestro pasado para saber que país queremos construir, sin exclusiones, en donde todos/todas cabemos, asumiendo nuestras responsabilidades, sin cerrar los ojos o sin mirar para otro lado como ha venido sucediendo

 

caras2Las anteriores líneas vienen escritas a raíz del estreno reciente de la obra de teatro El deber de Fenster”[4] basada en los hechos que a continuación reproducimos en los cuales la fecha desde nuestro punto de vista no importa, porque podría ser cualquier día, de cualquier mes, de cualquier año, en cualquier ciudad, pero no en cualquier país. Dicen que fueron 300 muertos; a Leon María Lozano “El Condor” se le atribuyeron 3000 y a los instigadores de lo que se llamó el período de “La violencia” 300.000, ojala podamos cerrar la contabilidad pronto.

                       

 

 

 Lunes 6 Marzo 1995

Testimonio atroz

La Revista SEMANA revela los apartes más espeluznantes del testimonio inédito del hombre que supuestamente presenció la masacre de Trujillo.

 

EL PRESIDENTE ERNESTO SAMPER reconoció la plena responsabilidad del Estado por la masacre de 107 personas en Trujillo. Uno de los testigos del genocidio fue Daniel Arcila Cardona, quien después de fugarse denunció el hecho ante las autoridades. Medicina Legal lo declaró enajenado mental. Su testimonio era tan horripilante que desafió la credibilidad y no fue tenido en cuenta. Arcila desapareció en 1991, presuntamente asesinado. Hoy, cuando su inverosímil historia ha sido corroborada oficialmente, SEMANA presenta este excepcional documento:

"Yo estaba charlando con varios suboficiales por ahí a las 10 y 30 de la mañana cuando uno de ellos vio a un hombre que bajaba en una mula. Entonces él le dijo a unos soldados que estaban parados en la carretera que lo requisaran. Yo volteé a mirar y vi que él era el guerrillero que el día del combate me pidió los papeles a mí (el testigo se refiere a un enfrentamiento ocurrido el 29 de marzo de 1990, en el cual guerrilleros del ELN dieron muerte a siete miembros de las Fuerzas Especiales del Ejército).


"Entonces yo le dije eso a mi cabo y le echaron mano, lo bajaron y lo amarraron con el mismo rejo de la mula y lo recostaron contra el barranco. El guerrillero tenía 17 años. Luego nos fuimos a donde estaba mi capitán y le entregamos al guerrillero. Estábamos parados ahí cuando subió un campero Toyota con ocho personas y se detuvo màs adelante. Entonces un teniente le dijo a unos soldados que miraran a esa gente para ver qué querían y si iban armados. Del carro se bajaron un sargento del batallón y unos tipos con fusiles R-15 y pistolas. Como los soldados reconocieron al sargento entonces no hicieron nada: Los que venían en el campero fueron hasta donde estábamos nosotros y hablaron con el capitán, quien les preguntó quiénes eran y ellos le respondieron que venían del puesto de mando adelantado (Arcila se refiere a una base militar instalada provisionalmente en una zona rural de Andinápolis, cerca de Trujillo, para perseguir a los guerrilleros que emboscaron a los militares días atrás. El encargado de las operaciones era el mayor del Ejército Alirio Urueña Jaramillo).


"Poco después los del Toyota, incluido el sargento, dijeron que regresaban a Trujillo. Entonces yo le dije a mi capitán que yo también me iba porque estaba muy cansado. El me autorizó, pero con la condición de regresar el lunes siguiente para que les ayudara como guía. Nos metimos todos dentro del carro y a mi lado quedó el guerrillero.
"Durante el recorrido ellos llamaron por radio a un jefe de ellos, al que le decían: “Tío”, vaya saliendo que aquí llevamos al guerrillo”. Entonces llegamos a la finca de Diego Montoya, donde los esperaba el “Tío”. Me dejaron ahí e inmediatamente el “Tío” y los hombres del Toyota se fueron para el puesto adelantado.


"Más tarde me llevaron a la base y al rato de estar ahí, ya por la nochecita, apareció mi mayor Urueña -a quien le decían don Alirio-, junto con la gente de la hacienda. Al guerrillero también lo bajaron y lo metieron a una pieza grande. Entonces empezaron a interrogarlo y le dijeron que ellos le daban unos millones de pesos, que le cambiaban de identidad y que lo mandaban para otro país. Yo estaba convencido que ellos, los de la hacienda, eran del F-2. En una parte del interrogatorio me hicieron acercar para que el guerrillero me reconociera y le preguntaron que si me conocía. Luego de mirarme me dijo: “Este fue al que yo le pedí los papeles en La Sonora”. Yo no me quería dejar ver del guerrillero porque de pronto lo soltaban y me quedaba reconociendo, pero uno de los autodefensas dijo “tranquilo, déjese ver que a este de todas maneras lo matamos”. El me dijo que fresco, que en esa hacienda llevaban tiempo haciendo lo mismo y me contó del caso de otro hombre al que mataron y le decían “El Mocho” y quien no aguantó la tortura. Me dijo que no cantó nada y que le colocaron el soplete en los testículos y que no aguantó nada. Luego, me dijo, calentaron una varilla con el soplete y se lo introdujeron por el ano al rojo vivo, y después le levantaron las uñas con una navaja. Debido a eso no aguantó y se murió.


"Al continuar el interrogatorio, mi mayor le preguntó al guerrillero su nombre verdadero. El dijo cómo se llamaba, pero mi mayor dijo de un momento a otro que 'este hijueputa está diciendo mentiras' y lo amenazó con un soplete.
El muchacho gritó y dijo que quería colaborar. "Luego lo sacaron y le mostraron un listado y le dijeron que señalara a los que eran auxiliadores de la guerrilla. El los reconoció a todos y agregó otros. El 'Tío', un hombre gordo, bajito, de 55 a 60 años y usa sombrero, se puso muy bravo cuando vio que el listado era muy grande. En tono muy duro dijo: 'Hay que ir, hay que ir por esos hijueputas".

LAS DESAPARICIONES


"Después de terminar el interrogatorio mi mayor se reunió con el viejito al que le decían 'Tío' y montaron un operativo para subir a La Sonora a recoger los auxiliadores de la guerrilla. Entonces se reunieron como 30, conmigo incluido, y luego cuadraron tres carros: una camioneta Chevrolet 300, carpada, de estacas, en la que se subieron como ocho, entre ellos tres soldados, que iban de camuflado, y un sargento, que iba de civil; el otro carro era un campero Toyota de placas NC 5656, cabinado, al que subieron otros seis, y una camioneta Ranger roja con vidrios polarizados, marca Ford, en la que se montaron otros ocho. Como hacía falta un chofer, me dijeron “échele mano a esa camioneta 300”. Me subí y nos fuimos para La Sonora. Al guerrillero lo llevamos y se lo entregamos a la contraguerrilla antes de llegar a donde estaban los campesinos. No sé qué pasó con él, pero me imagino que lo mataron.


"Cuando llegamos al sitio donde había sido el combate eran como las 10 y 30 de la noche. En las casas cercanas empezaron a recoger a los campesinos. Al que primero sacaron de la casa fue a un señor don Ramiro, a quien le tocaron la puerta duro y le rodearon la casa. Los soldados se quedaron afuera prestando seguridad mientras los autodefensas entraron por el campesino. Le gritaban “Ramiro, salga”. El no quería salir y entonces uno de ellos le gritó “salga a ver hijueputa”. Cuando lo sacaron, la señora y los hijos se pusieron a llorar y decían que no lo fueran a matar. Entonces lo amarraron con un rejo de las manos y lo subieron a la 300. No tenía camisa. Luego subieron más arribita a otra casa y recogieron como a otros tres más y también los subieron amarrados a la camioneta.


"Don Ramiro, llorando, decía “¿pero yo qué he hecho?”. Ellos le contestaban que nada más que colaborarle a la guerrilla. “Pero si ellos lo obligan a uno -respondió don Ramiro-. Uno qué más va a hacer, si no lo matan a uno”.


"Luego arrancamos ahí para abajo hasta que llegamos a La Sonora, donde estaba cayendo un aguacero. Entonces procedieron a sacar al dueño de la tienda. Ya frente a su casa dijeron: 'Buenas noches, levántense pronto'. Inmediatamente llamaron al dueño de la tienda. El se levantó, abrió la puerta y en ese momento le pidieron papeles y lo trasladaron al corredor de la casa. Luego lo subieron a la camioneta. Más arribita de la tienda recogieron a otro y más abajo recogieron más, entre ellos al dueño de un jeep, que era quien transportaba a los guerrilleros. A él le tumbaron la puerta del carro y lo sacaron a empellones. Fueron en total 11 personas, incluyendo al inspector de Puente Blanco y a una viejita. Después nos regresamos a la hacienda Saloni, que es de Diego Montoya. La finca queda en inmediaciones de Salónica y Andinápolis y allá llegamos a las 4 y 30 de la madrugada.


"Ya en la hacienda se dirigieron a una bodega y sacaron una camioneta Daihatsu de estacas de color verde, donde tenían un poco de abono. Ahí metieron a los campesinos, amarrados. Uno de los autodefensa les dijo que entregaran todo lo que traían. Uno de ellos entregó 150.000 pesos. De esa plata, que echaron en un costal de fibra, junto con algunos relojes y anillos, sacaron 40.000 pesos y me los entregaron. “Tenga papito”, me dijo cariñosamente el autodefensa.


"Cuando amaneció, por ahí como a las siete de la mañana, llegó el mayor y le dijeron que había que torturarlos de una vez. Pero el “Tío” dijo “no, desayunemos primero porque sino después nos da fastidio”. Les vendaron los ojos y los sacaron uno a uno de la bodega y se los llevaron para una cosa que llaman la peladora, ahí mismo en la hacienda. Allí los metieron en esos costales grandes que llaman pergamineros, entonces los tiraron al suelo y los costales les llegaban hasta la rodilla. En el suelo uno llegaba y les ponía los pies encima para que no se movieran. Luego el mayor Urueña cogió una manguera de dos pulgadas de agua y a la primera que se la colocó fue a una señora de 55 años, quien empezó a gritar: “¿Ustedes no tienen hijos, por Dios santísimo qué me van a hacer?”. Luego el mayor le preguntó a la viejita que si ella colaboraba con la guerrilla, porque el guerrillero dijo que era enfermera. Ella le dijo que sí, porque ellos llegaban a su casa y la obligaban a salir. El mayor repitió la misma tortura con todos. Luego le dijeron a uno de los autodefensas que trajera la motosierra. Entonces les mocharon la cabeza con la motosierra para dejarlos desangrando para tirarlos al Cauca por la noche. A todos los mataron así y luego los cortaron en pedazos. Las cabezas las metieron en un costal y el resto de los cuerpos en otros costales. Eran como 12 costalados. En la noche del domingo primero de abril fueron y los botaron en la camioneta Ford 56".

LA MUERTE DEL CURA


"Al otro día por la mañana se desplazó otro grupo de la misma gente a Trujillo a recoger otros cinco más. Entonces les pusieron la misma cosa con la manguera de agua y el costal lo mismo que los anteriores. Yo escuché cuando los estaban torturando y el mayor Urueña les preguntaba que quién movía las acciones de la guerrilla en Trujillo. Luego les mostraba un volante que tenía en la mano y que lo habían repartido antes de las elecciones en el pueblo. Preguntó una vez más que quién había sacado el volante, hasta que uno de los torturados dijo que el padre Tiberio Fernández, de Trujillo, y que los sacaban en la casa cural.


Los campesinos señalaron como colaboradores de la guerrilla a Rogelio Rodríguez, a todos los Giraldos, a Fernando Londoño, a misiá Matilde, a los dos alcaldes, el entrante y el saliente, al registrador, a los secretarios de la Alcaldía, a las secretarias de la casa cural y a un chofer al que le dicen “Mico Negro”. Entonces los paramilitares dijeron que había que empezar a voliar martillo, o sea, a matar a todas esas personas.


"Con todas esas cosas que yo había visto entendí muy tarde que se trataba de paramilitares, que estaban matando gente inocente y que trabajaban con el mayor Urueña. El grupo de autodefensa está compuesto por unos 40 hombres y sus cabecillas son Diego Montoya y Henry Loaiza, alias “Foraica”, quien es narcotraficante y dueño de laboratorios que tienen en otras fincas. El mayor andaba con los cabecillas, casi siempre con Montoya, porque como a él la guerrilla le había exigido 100 millones de pesos, entonces él seguramente le comentó al mayor y se pusieron a buscar guerrilleros por intermedio de sus grupos de autodefensa. En la hacienda de Diego Montoya tienen más de 100 armas, ametralladoras con camisa de refrigeración y munición explosiva.


"Entonces yo comprendí que estaba en problemas y le dije al mayor que me iba a mandar a hacer una curación en la pierna. Me dieron 60.000 pesos y me dijeron que me quedara unos 15 días más. La plata me la dio el contador que se encuentra en la hacienda y es el que le paga a los sicarios.
"Pero yo me puse a pensar que si me quedaba otros días lo que iba a pasar es que a mí también me iban a matar. Entonces inventé que todavía estaba malo y que necesitaba viajar a Pereira a una nueva curación. Pensé ir a la Tercera Brigada en Cali, pero dije mejor no voy allá sino que me vengo para la Procuraduría. Y aquí estoy..."

 



[1] Cóndores no entierran todos los días 1984 - Director: Francisco Norden: Está basada en la obra del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal (Tulúa, 1945), ópera prima del director y considerada un hito en la historia del cine colombiano. Es la primera película argumental que se enfoca en los episodios de la violencia  en Colombia de los años cincuenta vista desde la historia de León María Lozano, alias 'El Cóndor'. El período que se conoce como “La Violencia” se inicia con el asesinato del dirigente popular Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, continuando así una época tenebrosa en la que cumplieron un importante papel los asesinos a sueldo: los pájaros.

 

[2] “Siempre nos dijeron que la violencia de los años cincuenta fue una violencia entre liberales y conservadores. Eso no es cierto. Fue una violencia entre liberales pobres y conservadores pobres, mientras los ricos y los poderosos de ambos partidos los azuzaban y financiaban su rencor, dando muestras de una irresponsabilidad infinita.”

William Ospina: el proyecto nacional y la franja amarilla.

 

[3] Me comentaba un amigo que estaba escuchando un “cuento” sobre Colombia que no le había gustado mucho, pero que desafortunadamente el creía que se ajustaba bastante a la realidad.

“Decía: “Que cuando Dios empezó a construir los países, hizo uno que  limitaba con Ecuador, Perú, Venezuela, Brasil, Panamá y  los océanos Atlántico y Pacífico, lo llenó de las mayores riqueza  del mundo y de una  biodiversidad inigualable, ante esta situación Pedro le dijo: Maestro, Ud. le está dando toda la riqueza a un solo país, y Dios le respondió, no te preocupes Pedro que a este país lo voy a llenar de políticos Colombianos

 

[4] La obra ‘El deber de Fenster', de Nicolás Montero y Laura Villegas, narra los hechos ocurridos en Trujillo, Valle hace poco mas de 20 años, con más de 300 muertes, torturas  y desapariciones, que ocurrieron entre 1989 y 1991; La obra que fue la gran ganadora del premio Fanny Mikey, se estrena el 28 de Septiembre en el Teatro Nacional de la 71.

 

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