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11 mayo 2014 7 11 /05 /mayo /2014 22:00

        corinto

Bolivar

EDITORIAL

 

La crisis

de  Yarumales

 

Es como si la historia de Colombia hubiese encontrado de nuevo un cauce, represado durante varias décadas por la habilidosa maniobra oligárquica, que siempre ha estado encaminada a enfrentar al pueblo con sigo mismo. Mientras tanto, ellos seguirán y siguen aún disfrutando sus privilegios.

Pero ahora la cosa es distinta. Porque el pueblo, los Demócratas, los Patriotas, los nacionalistas y toda la corriente progresista de esta Colombia macondiana, está marchando aceleradamente hacia la conquista de las nuevas condiciones políticas, económicas y sociales que reclaman, que exigen y que merecen los colombianos.

Cuatro años (del 80 al 84) fueron necesarios para que luego de dura confrontación política y militar, cuajara la propuesta de paz que nuestro comandante Pablo lanzara al país como visionario inicio de solución. Y he ahí que al cuajar, ha ocurrido lo que ocurre siempre con los grandes hechos históricos: que se concentran en días, en semanas, en meses, el pensamiento y la acción de los bloques sociales que por años y décadas han venido enfrentados.

Otra cosa es lo que viene ocurriendo en Colombia desde el momento de la firma y del inicio de la tregua en Corinto, en El Hobo y Medellín.

Corinto y Hobo fueron la fiesta popular que vislumbra el futuro; que vive y siente el nuevo poder popular en ascenso. Pero también fue, a la par, el campanazo que hizo ver a la oligarquía lo que ha de ser el inevitable derrumbe de una hegemonía política. De ahí que su respuesta más coherente luego de las manifestaciones históricas de Corinto Y Hobo, haya sido el asedio militar, que tuvo su punto alto de confrontación en la guerra de Diciembre, en la guerra de Yarumales, confrontación militar en la cual afianzamos con las armas la altísima proyección histórica de los tratados de tregua y Diálogo Nacional, que han resultado, con ello, fortalecidos.

Si…, la historia de Colombia ha retornado  su cauce y ese proceso de acumulación de poder popular que se inició en el Cantón Norte en 1978, tiene un claro desarrollo ascendente que se ve, que se siente, que se palpa en estructuras, en hechos, en instrumentos de poder popular, y en algo tal vez más importante: en corazón, en voluntad y en esperanza ardiente de los colombianos, que confían cada vez más en su futuro.

Es una nueva corriente histórica que se ha tomado un cauce para no volver a parar hasta no transformar de veras todo lo que impide que los colombianos puedan ser felices. Una corriente verdaderamente nacionalista, patriótica, popular, democrática, y lo que es más importante: independiente de la tutela oligárquica, que fue precisamente lo que impidió que la antigua guerrilla se convirtiera en fuerza transformadora. Es en medio de ésta crucial situación política, que realizamos ahora nuestro IX Congreso. Y los hacemos así, de cara al país, porque hoy más que nunca nuestras decisiones y nuestra vida orgánica tienen incidencia directa en los desarrollos Nacionales. Y porque el M-19 es cada vez más de todos, por todos, y para todos los colombianos

Ahora bien: fieles a nuestro propósito de hacer que todos los colombianos tomen conciencia de los elementos que se suman en este proceso, hacemos hoy la recopilación de algunos de los documentos de la "crisis de Yarumales". No incluimos todos los documentos que importan desde la firma de la tregua, porque varios de ellos ya han sido dados a conocer a través de dos recopilaciones anteriores a ésta: la revista "en camino hacia la paz", y el artículo: "La política de lo militar". Nos reducimos por lo tanto a los documentos que reflejan nuestros esfuerzos por reducirle el costo militar a la "la crisis de Diciembre", y agregamos hacia el final de la recopilación una entrevista inédita a nuestro Comandante Alvaro Fayad donde se recogen sus impresiones sobre la trascendencia política de los hechos de Corinto y Hobo.

M-19, PRESENTE Y FUTURO

DEL PUEBLO Y DE LA PATRIA

Sm-19

cenefa-rep-01

La convicción

 

dignifica a nuestro

 

pueblo

 

ENTREVISTA A CARLOS PIZARRO

 

Lleras Restrepo dice que los militares pararon los combates en Yarumales y aceptaron la negociación por una razón humanitaria y es que el M-19 usó como táctica lanzar a niños a la primera fila de combate.

Eso es arrancar del final de una premisa que se manejó por varios días en algunos medios de prensa. Se afirmaba que se iba a dar una masacre, que el país iba a presenciar la tragedia de guerrilleros muertos o prisioneros y la derrota total del grupo M19 que estaba en Yarumales. Pero la realidad contradice absolutamente esta afirmación. Porque si algo se dio en el campamento de San Pablo fue un desquite histórico del movimiento guerrillero, acostumbrado a años y años de escaramuzas sin mayor trascendencia política y militar, a años de tragedias como cuando fue cercado en Marquetalia, El Pato, Guayabero, Río Chiquito, Anorí, Coloradas, etc.  

    Pizarro 

 Siempre fue una premisa incuestionable que cuando el ejército comprometía al grueso de sus tropas en una operación calculada de antemano, el destino del movimiento guerrillero era la derrota. Y habíamos acostumbrado al país a que esas derrotas no sólo eran posibles, sino siempre previsibles.  

Pero aquí se da el desquite histórico del movimiento guerrillero porque logramos varias cosas. Logramos, por primera vez en casi treinta años de lucha guerrillera, enfrentar por días y días a las fuerzas contraguerrilleras colombianas, a lo mejor de las armas que tiene el  ejército colombiano, e ir imponiendo poco a poco formas de combate, opciones militares y victorias de la guerrilla sobre la decisión de nuestros hombres. Hay un hecho que permite contradecir, la afirmación de Lleras -la cual simplemente busca darle un poco de oxígeno a unas Fuerzas Armados que fueron derrotadas- y es el proceso que se vivió tal como se vivió.

Cuando enfrentamos la agresión del ejército, estábamos en condiciones de absoluta indefensión por haber dejado al enemigo militar que teníamos enfrente elementos tan importantes como la total iniciativa militar; al haber permitido que, sin ningún tipo de respuesta, el ejército cercara a una fuerza guerrillera; el haber permitido que todas sus unidades avanzaran hasta escasos metros de nuestra primera línea sin que enfrentaran ningún tipo de dificultades. Es decir, permitimos que el ejército llegara hasta el campamento con su moral combativa, con sus hombres, con el uso de todas sus armas, sin haberse comprometido en ningún tipo de lucha de desgaste. Y llegaron con una decisión militar incuestionable, que era entregarle a Colombia el espectáculo triste y el espectáculo desesperanzador de una parte importantísima del M-19 aniquilada, humillada, detenida o destruida.

Ese era el propósito inicial del operativo militar. Por eso se hizo en silencio, sobre la mordaza a la prensa, sobre la desinformación. El objetivo era enfrentar al país con hechos cumplidos.

¿Estaban acaso ustedes en condiciones de dar respuesta ofensiva a esa aproximación del ejército?

Desde el punto de vista militar era perfectamente posible que hubiéramos emboscado a sus unidades, que hubiéramos hostigado, que hubiéramos asumido una actitud ofensiva contra un ejército que se movía libremente por las montañas de Corinto. Lo que pasa es que políticamente era improcedente.

Era preferible que el M-19 arriesgara, como arriesgó su propia vida y la de combatientes valiosísimos y que hubiéramos puesto en juego tantas cosas por algo que aparentemente no merece tanto -pero que para el M-19 tiene un enorme valor- que es la palabra empeñada. Nosotros no podíamos ser los que violábamos los pactos firmados el 24 de agosto en Corinto. El M-19 tenía comprometida su palabra, y como hemos dicho tantas veces, el M-19 se muere pero cumple. Porque solamente sobre el rescate de la verdad, sobre el rescate de la limpieza en todos los planteamientos de una organización convertidos en hechos, solamente con la ruptura de esa esquizofrenia política que consiste en que la realidad nunca se expresa en las palabras y éstas no se corresponden con la realidad, podemos aspirar a la renovación real de nuestra patria.  

Colombia tenía que entrar a ese proceso de guerra a la que nos estaban obligando con la absoluta certeza de que el M-19 había cumplido hasta el final lo pactado, y que había cumplido con honestidad, con dignidad.  

Entonces no queríamos asumir ninguna actitud ofensiva porque era simplemente justificar política y militarmente el cerco que estaban tendiendo contra nosotros. Era darle a los sectores de la oligarquía que manejaban los medios de comunicación y la política en este país, los argumentos para justificar la ruptura de los pactos, de quedar nosotros como los agresores, cuando el país tenía que ver con absoluta claridad quiénes eran los que lo llevaban a la guerra y quiénes eran los que cumplían con los pactos de tregua y de paz que en Colombia se habían firmado.  

Sin embargo, el operativo militar se montó con el argumento de que era el M-19 el que estaba violando lo pactado.

Los argumentos de la oligarquía y del ejército fueron argumentos acomodaticios a cada situación. Los argumentos iniciales eran peregrinos: de que teníamos secuestrados en el campamento y de que habíamos participado en el asalto al Ingenio Castilla, por parte de un grupo que además lo reivindicó -el Quintín Lame- como respuesta al desalojo de los indígenas de una tierra de resguardos de la que han sido despojados por los grandes capitalistas del Valle del Cauca. Inicialmente se manejaron argumentos que no eran los de la zona liberada, ni los de repúblicas independientes. Para las Fuerzas Armadas en realidad no importaban los argumentos: lo fundamental era simplemente la decisión militar de aniquilar al M-19. Cuando esa decisión militar no se pudo realizar, porque encontraron una resistencia inesperada por parte de una guerrilla que se comportaba en una forma nueva, empezaron a buscar los argumentos de antaño para justificar las agresiones de hoy. Sólo entonces hablan de repúblicas independientes, se acuerdan de las trincheras, empiezan a pensar en los campos minados y empiezan a buscar una justificación para continuar la agresión que se inició con pretextos completamente diferentes. No se olvide de que en el campamento se hicieron presentes miembros de la Comisión de Paz y periodistas quienes pudieron constatar que esos argumentos del ejército no eran ciertos. Por eso, la opinión nacional pedía que hubiera claridad en los procedimientos: que si se cuestionaba la legitimidad de lo que el M-19 estaba haciendo, había comisiones creadas para investigarlo y que ello no podía ejecutarse sobre la base de la agresión directa y sobre situaciones de hecho. Porque no le podía hacer culto a esta forma de sancionar el comportamiento de una organización que ha firmado un pacto que debe cumplirse, porque es un pacto suscrito por el gobierno -a través de su Presidente- y la guerrilla a través de sus representantes. Entonces se trataba de acomodar argumentos para justificar la agresión, que es la forma tradicional de comportarse esta oligarquía; era buscar imponer situaciones de hecho a un país, violentando todos los procedimientos normales que en una situación de este tipo deben desarrollarse.

Aparte de los argumentos iniciales, lo que caló en ciertos sectores de opinión fue la negativa del M-19 a que el ejército ingresara a ese campamento; se hablaba de un territorio minado... Eso se impone como realidad ante la opinión pública.

Hay sectores que no quieren la paz en Colombia. Estos son los especialistas del rebusque, de la política arrogante de imponer decisiones por la fuerza. La realidad es otra. Lo que el M-19 no podía tolerar era que llegara el ejército después de haber montado un cerco y una operación de aniquilamiento que fue registrada por la monitoria, que fue percibida por los campesinos y denunciada por nosotros antes de comenzar el combate. Nosotros no nos oponíamos al ingreso de representantes oficiales en nuestro campamento, como lo dijimos tantas veces, sino a un procedimiento que conducía a aniquilarnos política y militarmente; no podíamos permanecer impasibles y dejar que el país contemplara como un grupo de combatientes se dejaban castrar de pie, simplemente para no provocar de parte de algunos editorialistas y de esos sectores de opinión ese tipo de comentarios.

La agresión, que montaron contra nosotros puso en movimiento a lo mejor de la contraguerrilla colombiana traída de todas las brigadas como una política del ejército; y fue aprobada además -según los informes que tenemos- por el mismo Presidente de la República. Entonces, no estábamos dispuestos a que semejante operación encontrara a la organización indefensa.  El M-19 tiene pactos que cumplir pero también la responsabilidad de salvar para el futuro a una fuerza que representa una esperanza para los colombianos;  y tiene que dar también a los colombianos la garantía de que somos una organización con futuro, y no una organización que se arrodilla ante cualquier tipo de agresión. Nosotros, ni aceptamos militarmente la derrota que ellos querían que sufriéramos, ni aceptamos las imposiciones de firmar nuevos pactos como ellos pretendieron que hiciéramos cuando ya era imposible asegurar nuestra derrota militar por parte de sus armas. Entonces, derrotada la ofensiva militar, necesariamente teníamos que derrotar también la pretensión de humillar al M-19 con alternativas políticas inaceptables como era el desalojo sin armas y sin uniformes, o de que nos fuéramos a unos filos escarpados donde no van ni las cabras, alejándonos del pueblo y alejándonos de la vida política del país. En ese momento lo que se exigía era una respuesta de honor y de dignidad que fue la que dimos durante todo el tiempo en la defensa del campamento.

Lo que nos piden los editorialistas de la gran prensa, es que aceptemos el aniquilamiento del M-19 a cambio de nada, o a cambio de la desesperanza nacional, y de que aceptemos las imposiciones porque ellos representan en este momento el poder político en Colombia. Nosotros tampoco podemos aceptar que escudándose con argumentos jurídicos y agitando artículos de la constitución se pretenda violentar un proceso político surgido de un consenso nacional y de la sensatez de la clase dirigente, como son los pactos firmados en Corinto. Ni podemos aceptar que se aproveche, de mala fe, los pactos firmados para colocar a la guerrilla en indefensión y aniquilarla porque si el estado tenía la capacidad de aniquilarnos antes de los pactos, mal hicieron en firmarlos. La realidad que se impuso el 24 de agosto fue la de la imposibilidad de aniquilamiento y lo que los pactos cuestionan de hecho es la capacidad de las Fuerzas Armadas de definir por las armas un proceso político en el que la inmensa mayoría de los colombianos está buscando alternativas diferentes para resolver sus problemas sociales y económicos.

Entonces se impuso la sensatez en aquella época, no se podía aceptar que se trampeara la buena fe de los colombianos con la agresión, con la emboscada, con el asalto, como se vivió en dimensiones inmensas contra los guerrilleros del M-19 en San Pablo. Nosotros no firmamos en Corinto el desarme del M-19, ni la desaparición del M-19 como movimiento armado o como movimiento político. Ahí lo que hicimos fue afirmar nuestra existencia y abrir un proceso político en el que todavía estamos buscando que esas contradicciones sociales, que las dificultades que el país enfrenta, que este estancamiento nacional, no tenga que resolverse por el camino de las armas, sino por vías diferentes y menos costosas.

La columna de Lleras, como tantas otras, sólo busca la justificación de la situación política, de la traición y la falta de palabra y de entereza de las Fuerzas Armadas y del Gobierno con un proceso que se firmo de cara al país. Y por eso fue importante que el país viviera, con los ojos abiertos, esta guerra que se dio en Corinto.

¿Cuáles son los hechos que les advirtieron a ustedes la actitud ofensiva, por parte del ejército? Por qué habla usted con tanta certeza sobre el propósito de aniquilamiento al referirse al acercamiento de la tropa al campamento?

Mire: primero fueron ochocientos hombres, al norte nuestro, en la cuchilla del Cabildo; más cientos de hombres ubicados en Las Cruces, cientos de hombres en la cuchilla de Los Alpes, que queda al suroccidente de donde estábamos, y trescientos contraguerrilleros al mando de un Mayor, ubicados encima del campamento, en la cuchilla de Yarumales. Después fue la actitud agresiva de esas unidades que no sólo se aproximan al campamento sino que irrumpen violentamente contra nuestras líneas, contra pequeñas avanzadas de dos hombres como fue la que encontraron ellos en la primera confrontación. Además estaba el monitorio permanente que interceptamos y registramos -y entregamos luego a la Comisión de Paz y a la prensa- que nos mostraba no sólo la actitud normal de patrullaje de una zona sino fundamentalmente el montaje total de un operativo de cerco y aniquilamiento. Finalmente, esto quedó demostrado con el comportamiento de la tropa durante los primeros cuatro días, que buscaba romper nuestras líneas de defensa para obligarnos a mover nuestras fuerzas en dirección a donde estaban colocados ellos en posición ventajosa y poder aniquilarnos. Era clara su búsqueda de que la guerrilla del M-19, que se encontraba dentro del campamento, mal armada, con muchos reclutas, con muchos hombres sin experiencia combativa, con mucha gente que estaba ahí de visita, tuviera que desplazarse para ser objeto de persecución con helicópteros artillados y por lo mejor de la tropa antiguerrillera del ejército colombiano.

Es decir, todo lo que se hizo fue una agresión. O era el silenciamiento inicial de la prensa; las denuncias -en las que Belisario era una voz más del coro- según las cuales el M-19 boleteaba y secuestraba, para darle piso político a la ofensiva militar; la famosa amenaza de Vega Uribe antes de la agresión cuando decía que el M-19 no haría más manifestaciones públicas porque ellos lo iban a impedir y que además no existirían asentamientos como el del M-19 en San Pablo porque ellos iban a acabar con esa situación. "cómo", le preguntaron los periodistas. "Esa es la sorpresa", les contestó. También comprendimos el sentido de los espectáculos en la televisión colombiana en los que mostraban a la artillería, a contraguerrilleros  aerotransportados, a la infantería, desplazándose por una montaña que se rendía en pocos minutos o si mucho en pocas horas ante la fuerza combinada de las Fuerzas Armadas.

Eran demasiadas las cosas que se sumaban -una tras otra- a esa situación de cerco progresivo. La sola afirmación del Ministro de Defensa de que ese operativo era una acción de rutina, de que sólo se estaba patrullando la región, cuando se trataba de una operación militar con miles de soldados, restricciones a la población y con una actitud agresiva como la que estábamos viviendo, nos indicaba que había una decisión política y militar de aniquilar al M-19. Esa decisión no podía en ningún momento enfrentarse con una actitud pasiva. Nosotros no somos ovejas que van al matadero. Lo que había ahí era una fuerza combatiente, una fuerza guerrillera, una serie de hombres que tenían el valor y la fuerza suficiente para transformar las condiciones más difíciles en una victoria militar.

Y por primera vez en la historia de Colombia el ejército encuentra a la guerrilla en las condiciones de indefensión más grandes desde el punto de vista militar y sale derrotado. Yo creo que ese es el hecho que hay que resaltar en este momento. Ante este hecho la guerrilla se llena de razones ante el país para hablar con la frente en alto, porque hemos cumplido con honor la palabra empeñada en Corinto, es decir, el M-19 a riesgo de la vida de sus combatientes, aguardó la agresión, pero cuando la agresión se vino, dio la respuesta que el país esperaba que diéramos. Sabemos que hoy Colombia se siente descansada porque no vivió la tragedia del ELN en Anorí, o la de miles de colombianos en Marquetalia y Río Chiquito, porque no vivió el destrozo de una fuerza en la que los colombianos están apostándose el futuro. Esa es la realidad nueva que tenemos que analizar.

Si bien el país conoció la magnitud de los combates, también vio una voluntad negociadora por parte del Gobierno que permitió ponerles fin. La comisión de paz subió a San Pablo el 15 de diciembre, el 23, y a comienzos de enero para lograr el acuerdo final. Lo que el país vive es la realidad de un gobierno que al producirse un rompimiento de la tregua enfrenta la situación con voluntad de negociar y de lograr la paz.

No hubo voluntad de paz ni voluntad de negociar por parte del gobierno el día 12 de diciembre cuando comenzó el mortero, ni el 13, ni el 14, ni el 15. No hubo una actitud de interesarse por ese problema durante cuatro días esperando una operación militar exitosa por parte de las Fuerzas Armadas contra el movimiento guerrillero del M-19. Durante todos esos días no hubo sino silencio, mordaza a la prensa, desinformación al país. Ahí dieron el tiempo suficiente para que los militares cumplieran seguramente lo pactado con el alto gobierno de que en uno o dos días se resolvería la situación del M-19 como problema político y militar. Ese fue el hecho real. Por eso la agresión tuvo la dimensión que tuvo. Por primera vez el país vivió una batalla de cuatro días en la que intervinieron helicópteros artillados, tanquetas, morteros 81, 60 y 120, lo mejor de la contraguerrilla colombiana, miles y miles de soldados; por primera vez se vive una batalla de esas dimensiones sin que el país siquiera se entere. En ese momento no hubo voluntad de negociación.

Hubo voluntad de negociación al crearse un conflicto por el desalojo de los campesinos de la zona en razón del bombardeo, por la denuncia de los campesinos de la situación de guerra que se estaba presentando en Corinto, por la resistencia heroica del M-19 en el campamento, por la incapacidad del ejército de lograr una solución militar en esos días. Entonces se presenta el primer intento de búsqueda, o al menos de recoger información directa. La primera comisión llega por la presión de sectores democráticos que han trabajado con honestidad por este proceso de paz; llega después de haber sido saboteada por el Ministro de Gobierno quien esperaba una solución militar rápida del conflicto; y como ésa no se da, como es imposible seguirle mintiendo al país, ocultando lo que estaba pasando, se permite la llegada de la Comisión de Paz el 15 de diciembre. Pero la llegada de la Comisión de Paz no significa una fórmula de negociación sino una oportunidad para que el gobierno plantee una fórmula de rendición al movimiento armado violentando todos los pactos firmados, esa es la misión encomendada a Laura Restrepo, César Barreto y Carlos Morales.

Ahora mientras están en el campamento los miembros de esa Comisión, sufriendo ellos también el bombardeo por parte del ejército, logramos que entraran periodistas y que el país se enterare de lo que estaba sucediendo. A ellos  también les tocó vivir y ser testigos de primera línea,  junto a los de la Comisión de Paz, de la agresión contra el M 19 en Corinto. Y ya no era sólo contra el M-19, sino también contra los representantes del gobierno, los de la Comisión de Paz que sufrieron los bombardeos con helicópteros y artillería durante los días que estuvieron en el campamento.

Hasta ese momento no hay una voluntad negociadora. Como tampoco la hay en la segunda comisión que se nombra y que llega a San Pablo para la navidad. Esta llega con fórmulas de rendición, con fórmulas que son inaceptables pues plantean que la única solución es que el M-19 se acoja a lo planteado por el Ministro de Defensa. Es decir, esta delegación, encabezada por Bernardo Ramírez, simplemente viene a presentar un ultimátum y eso no es comisión de negociación. Pero llega con ese ultimátum cuando ya el ejército ha sufrido su primera derrota en el campamento porque nosotros contraatacamos en el filo de Yarumales  y desalojando a lo mejor de la contraguerrilla colombiana de la posición dominante que tenía y la única que le facilitaba la toma del campamento si rompía nuestra primera línea de defensa. Durante más de diez días estuvimos sosteniendo heroicamente esa línea y no les fue posible romperla ni con el uso de morteros, ni de lo mejor de sus hombres. Este es un elemento valioso porque frente a esa derrota militar sube la comisión, a "negociar" pero todavía siguen con fórmulas arrogantes e impositivas y todavía se escucha al ejército afirmar que la única solución viable es la planteada por ellos: nuestra rendición.

Como fórmula intermedia, el gobierno plantea un pacto de navidad: entregarle a Colombia entera una navidad en paz. Resulta que esa promesa y ese pacto, firmado por el Ministro de Gobierno, a través de su representante, y por los representantes del M-19, lo viola el ejército apenas salen los comisionados del campamento. Entonces continúa la confrontación.

Pero la arrogancia y la prepotencia del ejército, empeñado en una solución militar del conflicto, se enfrente nuevamente a la decisión del M-19, cuando atacamos su puesto en la pequeña población de San Pablo en la parte baja del campamento el 1º de enero, causándoles un gran número de bajas. En ese momento encontramos nosotros que la prepotencia da paso a la búsqueda afanosa de soluciones políticas y de negociación por parte del gobierno. Y lo que antes parecía imposible plantear porque no había Ministro que lo escuchase ni gobierno interesado en oír las fórmulas del M-19, se vuelve fácil y rápido de solucionar cuando el M-19 vuelve a derrotar unidades de contraguerrillas del ejército colombiano y cuando el ejército siente que no hay moral ni decisión en sus tropas de subir a un filo -en la parte alta del campamento- que ya considera imposible de tomar nuevamente. En ese momento el gobierno busca la opción política para solucionar este conflicto. Pero la busca no sobre el desarrollo de negociaciones sino sobre el desarrollo militar que se desenvuelve exitosamente para las filas de la revolución y desastrosamente para el ejército colombiano. Entonces, tras 22 días de combate, el gobierno firma en horas -aun teniendo un compromiso como era el entierro del Ministro de Defensa Matamoros y manteniendo a los Ministros de  Gobierno y defensa en Cali- un nuevo pacto que permite una solución política y militar a un conflicto que militarmente había sido imposible de resolver. Esa es la situación y ese es el desenvolvimiento exacto de la negociación. Es decir, el espíritu de negociación se gestó sobre la incapacidad real de destruir las armas de la revolución.

Ahora, hay un elemento que analizamos anteriormente. Esta oligarquía se ha acostumbrado a pactar solamente cuando el movimiento revolucionario demuestra que no se deja humillar, que tiene fuerza, que tiene el potencial suficiente para contrarrestar la acción aparentemente decidida de las Fuerzas Armadas. Así logramos llegar a Corinto: haciendo una y otra vez demostración de que el M-19 tenía la contundencia suficiente para sustentar sus propuestas de tregua y diálogo, de paz; y eso lo refrendamos con mucha mayor claridad durante 22 días en los combates en Yarumales. Aquí constamos, una vez más, que la oligarquía colombiana se ha acostumbrado a no entender sino cuando hay embajadas de por medio, cuando hay ofensivas militares de por medio, cuando hay morterazos a palacio de por medio, cuando hay victorias militares de por medio.

Explíqueme por qué sobre la base de esa capacidad militar de la que usted habla, el M- 19 acepta una tregua de navidad, si se acaba de producir una victoria militar sobre un grupo de contraguerrilla fundamental para llevar a cabo el propósito de aniquilamiento, y por qué acepta la segunda negociación que viene después del ataque al puesto del ejército en San Pablo.

Por una razón sencilla: porque nosotros no somos un movimiento militarista, porque nosotros como organización política nos distinguimos por un esfuerzo sincero y permanente de responder a las expectativas de la nación. Colombia quiere la paz. Colombia cree sinceramente en que hoy la paz beneficia al conjunto de sus hijos; porque los colombianos no han visto agotarse totalmente la posibilidad de entrar en un proceso de reformas a nuestro sistema político y a nuestra vida en lo económico y lo social a través de caminos diferentes al armado. Colombia tenía esperanzas de que la paz continuara pese a la agresión del ejército, y el M-19 da una respuesta afirmativa a esa esperanza nacional. El M-19 planteó durante todo el conflicto que si la paz tenía un nuevo espacio, el M-19 lo defendería; y de hecho lo hizo. Para ese momento, no teníamos ya preocupaciones militares. Los momentos más duros los habíamos superado. Pero está un país de por medio: y el M-19 no puede imponer, como la hacen los militares, decisiones de fuerza cuando la nación espera decisiones distintas a la fuerza para solucionar sus conflictos y entrar en un terreno de prosperidad y de construcción de una patria más amable. Entonces, simplemente, estamos respondiendo al querer nacional, sin olvidar que esa buena fe de los colombianos en el proceso de paz fue lesionada.

Pero de todas formas ustedes mantienen la alternativa de las armas expresada en esa fuerza militar acampada antes en San Pablo y ahora en Los Robles.

La realidad nuestra es que tuvimos el mayor desarrollo militar de este periodo cuando comenzó la agresión del ejército, y como respuesta a esa agresión se manejaba una información completamente falseada ante la opinión nacionaI: se decía que el M-19 tenía un fortín militar y el grueso de sus hombres en Yarumales. Lo cierto es que el M-19 tenía una fracción reducida de sus hombres en Yarumales, una fracción reducida de sus mandos, y tenía un número de armas irrisorio cuando comenzó el conflicto. Esa es la realidad. El M-1 9 tenía más cuadros en el Diálogo Nacional que en la cuchilla de Yarumales. Ahí teníamos setenta cuadros del Frente Occidental y un grupo de cien hombres que fueron reclutados en Corinto de cara al país, y reclutados porque ellos se vinieron con nosotros y nos obligaron a incorporarlos, aunque parezca absurdo.

Eso sí no lo cree nadie; o sea que la organización se 'sacrifica" y recibe reclutas.

No. Es que los reclutas imponen su presencia. Desafortunadamente hay que creerlo porque así es: son los miles de hombres que se inscribieron en Corinto de los cuales solamente cien estaban en el campamento. Si se inscribieron tres mil hombres en Corinto y sólo cien están, es porque el M-1 9 le tuvo que decir a mucha gente que no. Y parece absurdo pero ésa es la realidad. ¿Por qué? Porque en Colombia, no mucha gente cree en la posibilidad de desarrollo de este proceso de paz. Y no cree porque le ha perdido fe a este gobierno y a las Fuerzas Armadas; porque independientemente de que se firmen pactos, la gente está acostumbrada a que los pactos duran hasta que la confianza en el contrario lleva a bajar la guardia y a ser fácil presa de una oligarquía acostumbrada a imponer por la fuerza sus criterios.

Había mucha carreta de por medio en torno a lo que era esa fuerza militar del M-19 en el filo de Yarumales.

Pero independientemente de eso, el M-19 nunca firmó el desarme. El M-19 firmó una tregua en Corinto. Y la tregua significa la existencia de un movimiento armado, significa la existencia de armas... Y si el gobierno aceptó esa existencia de armas cuando firmó, no tenía ninguna autoridad moral para violentar lo pactado e imponer nuevas condiciones a nuestra organización. La agresión que se libró contra nuestro campamento en Yarumales era entonces un abuso de confianza contra el país y contra el M-19. Porque si se había aceptado una realidad política y militar en Colombia, como era la existencia de un movimiento armado en tregua, había que cumplir hasta la saciedad con lo pactado o decirle al país de frente y con toda claridad que el gobierno no estaba dispuesto a seguir cumpliendo.

Pero ellos querían ganar en la política y ganar en la guerra; querían ganar en la guerra con el aniquilamiento del M-19 y ganar en la política justificando, con los argumentos más traídos de los cabellos, de que no estaban violentando la tregua cuando habían montado tamaña agresión contra nuestra organización. Si el gobierno colombiano no estaba empeñado en la tregua, que no emboscara al movimiento guerrillero; que simplemente notificara al país "se rompen los pactos” y el movimiento guerrillero y el país hubieran por lo menos respetado más a este gobierno que era capaz de decir que se había equivocado de camino o que era improcedente seguir con lo pactado. Pero el camino de falsear la verdad, de querer ganar siempre por el manejo de los medios de opinión, de querer tener la razón siempre así esa razón esté lejos de su lado, son los métodos que la nación repudia. Nadie que quiere la paz estuvo de acuerdo con el comportamiento de los militares en este periodo. Todo el mundo sabe que el M-19 tenía toda la autoridad moral, toda la razón, para asumir el comportamiento que asumió. Hasta el mismo general Ayerbe Chaux decia que lo que el M-19 hizo en el campamento de San Pablo es lo que haría cualquier fuerza militar que tiene que defenderse, una trinchera no es agresiva ni agrede a nadie, una mina no se acciona si alguien no penetra dentro de ella y una mina no se coloca si no hay una agresión previsible o una agresión directa.

Ningún movimiento guerrillero acepta además semejante indefensión si no es porque quiere dejar en claro que tiene la razón política pera emprender una guerra. Porque si en Colombia se desencadena la guerra civil, va a ser tan larga, que es importante que todos tengamos la absoluta certeza de quién tiene la razón.

Nosotros no queremos ir a una guerra civil con dudas por parte de ningún sector del país. Queremos que los hombres honestos de Colombia sepan que por la paz y en la búsqueda de caminos diferentes al de la guerra el M-19 ha agotado todo.

Afirma Usted que en la agresión el M-19 encontró un camino de fortalecimiento militar. ¿Qué es lo nuevo?

Como decía antes, esto que pasó es el mayor desquite histórico de la guerrilla colombiana. ¿En qué sentido? El movimiento guerrillero está acostumbrado a las escaramuzas y en las escaramuzas se aprende poco; el movimiento guerrillero colombiano está acostumbrado a rehuir el combate con el ejército; está acostumbrado a principios tácticos equivocados desde el punto de vista militar como es el de que toda posibilidad de que se fijen a la guerrilla al terreno es el primer paso para su aniquilamiento militar; la guerrilla colombiana está acostumbrada a ser una fuerza trashumante que anda y desanda este país por todos lados produciendo alguna acción de sorpresa, teniendo algunos éxitos tácticos que no representan un salto en calidad en la confrontación militar y no permiten la consolidación suficiente para intentar caminos nuevos y caminos de poder.

Por ello, es insólito lo que se vivió en San Pablo. Por un lado, la guerrilla acepta que la movilidad no es solamente el desplazamiento por un espacio físico sino la actividad interna permanente, aún en la defensa. El movimiento guerrillero asume además que el cerco no es una tragedia sino una oportunidad espléndida para combatir. Y por primera vez el movimiento guerrillero no sale del cerco, sino que penetra, dentro de él para combatir al enemigo. El movimiento armado le enseña a las masas que el cerco, considerado como la peor situación que puede sufrir la guerrilla, puede ser enfrentado exitosamente y recuperar la confianza en la palabra empeñada de los revolucionarios de que la guerra es una guerra de verdad por el poder: una guerra donde se puede derrotar al ejército enemigo.

Igualmente, el movimiento guerrillero aprende que perdida la sorpresa y perdida la iniciativa militar, ésta se puede recuperar, y se puede recuperar partiendo desde posiciones difíciles en la medida en que exista como supuesto básico la decisión de combate y el heroísmo de los hombres. Es decir, el movimiento guerrillero aprendió algo que es fundamental: que el despliegue total del heroísmo de cientos de hombres defendiendo un ideal los hace capaces de irse creciendo poco a poco en el enfrentamiento e ir quebrando la voluntad de combate del enemigo. Es decir, la victoria fundamental aquí es la victoria del hombre, del hombre que se siente firme con un ideal, que siente que hay elementos de honor y dignidad que son vitales para su consolidación como hombre, como combatiente y como colombiano, que el destino de una organización y la esperanza de un pueblo valen la vida. Y colocado todo eso en la balanza del combate, pesa más que todos los morteros, pesa más que todos los cañones, pesa más que todas las tanquetas y helicópteros artillados, pesa más que la voluntad de combate del ejército colombiano. Porque el ejército colombiano fue heroico los primeros días; fue decidido en el combate durante los primeros días. Se puede ser valiente uno, dos o tres días cuando no lo mueve a uno un ideal, pero en la medida en que pasa el tiempo, en que los muertos empiezan a aumentar, en que la fatiga física de los combates y las tensiones de la guerra se convierten en lo cotidiano para un soldado que no tiene ideales, la moral se resquebraja. Y nosotros vimos resquebrajarse la moral de los mejores soldados del ejército colombiano.

En San Pablo hubo, en últimas, un enfrentamiento de una belleza humana muy grande que puso en juego el heroísmo y la pobreza de medios de un grupo de hombres ante el poderío militar y la riqueza de medios, pero sin ideales, de su contrincante. Ahí sólo podía ganar el heroísmo limpio de los hombres con ideales revolucionarios. Y poco a poco fuimos viendo cómo se desmoronaba la moral de la tropa enemiga y fuimos viendo como el soldado y el oficial ya no querían subir esas montañas porque sabían que los esperaba la muerte sin sentido, que nada justificaba jugarse la vida en esa montaña de Yarumales.

En nuestras filas, en cambio, se iba incrementando la moral, y nos íbamos creciendo en el combate. Sacamos generales de 16 años, de 20 años de 25 años, crecidos en el combate. El ejército nos regaló a nosotros un ejército. Porque nos dio algo que no se le puede dar al combatiente en ninguna escuela, y es la confianza de poder derrotar al enemigo cuando se siente la razón en las propias manos. Y eso es elemento fundamental de todo esto que se vivió en Corinto

Otro aspecto más: el movimiento guerrillero, durante días y días entra y sale en medio de tropa enemiga, sin mucha dificultad. Vivimos cara a cara con ellos peleando metros por una posición dominante durante días y días y vimos crecer nuestros recursos logísticos, llegar armas, llegar munición, llegar hombres, llegar la población campesina con la comida que necesitábamos para poder mantener la resistencia; vimos la denuncie de nuestros campesinos en Corinto, Miranda, Florida, Cali; recibimos mensajes de nuestro pueblo en que nos decían, "qué tengo que hacer", vimos campesinos que ya no le temían al ejército, confiados por fin al contar con una fuerza en la que pueden escudar su debilidad.

Nos crecimos en todo. Hoy podemos decir que el M-19 es una fuerza nueva y tiene a su lado un pueblo nuevo. Hoy podemos decir que la autoridad y la credibilidad en el M-19, en su manejo de la política y de la guerra, es inmensa. Nuestro pueblo sabe hoy que podemos hablar su lenguaje, pero también que podemos vencer con hechos. Y eso es una victoria de carácter estratégico. Por eso el ejército colombiano no fue meramente derrotado militarmente; el ejército fue derrotado en la confianza que tenía: vio naufragar sus concepciones contraguerrilleras, vio naufragar sus mejores medios, vio naufragar generales empeñados en una batalla imposible de ganar. Nosotros creemos que el ejército colombiano hoy tiene que renovarse profundamente si quiere cambiar, pero fundamentalmente tiene que renovarse políticamente para poder ganar este pueblo a su lado. Sin este pueblo y sin la razón histórica para ir a la guerra, el ejército colombiano está llamado a la derrota.

Pensamos que hoy el M-19, si le toca transitar por los caminos de la guerra civil, tiene la victoria en las manos porque sabe que es fácil desboronar la moral de este ejército, porque sabe que él cambia con una lentitud enorme, que tiene problemas de acomodarse a la realidad de una guerrilla dispuesta a librar no solamente una escaramuza o una emboscada, sino batallas definitivas y batallas por la vida o la muerte.

Es decir, hemos dado el salto que necesitaba dar la guerrilla colombiana. Hoy nace una guerrilla nueva en Yarumales.

Usted me quiere hacer creer que con base en el heroísmo y la convicción, un grupo de 170 hombres mal armados, en condiciones de indefensión y con poca experiencia combativa vence a siete mil hombres que cuentan con todos los recursos técnicos y humanos del estado…  eso es muy difícil de creer...

El heroísmo es lo más desprestigiado del mundo hasta que demuestra sus posibilidades. Nosotros decíamos en esta campaña que si los Judíos habían resistido en el gueto de Varsovia tantos meses contra el ejército alemán -lo mejor en aquella época- por qué nosotros no íbamos a resistir unos cuantos días y derrotar al ejército colombiano. Si hemos visto a los salvadoreños pelear en un volcán contra las fuerzas combinadas del ejército salvadoreño con toda la ayuda norteamericana y los hemos visto vencer, creemos en el heroísmo. Si hemos visto barrios en las ciudades Nicaragüenses enfrentando a la Guardia de Somoza y derrotándola; si hemos visto como doce hombres que quedaron del Granma fueron capaces de hacer la epopeya de la Revolución Cubana; si hemos conocido el heroísmo del pueblo vietnamita enfrentado al ejército norteamericano y venciéndolo, ¿por qué no vamos a creer en nuestro propio heroísmo?.

En Colombia tenemos que recuperar la confianza en nosotros mismos. Por eso nos alegra cuando vemos a los ciclistas colombianos enfrentarse a los grandes monstruos europeos del ciclismo profesional. Estamos recuperando la convicción de que entramos a las peleas para ganar, de que tenemos la capacidad de ganar, y de que podemos mirar al enemigo de frente; que ese enemigo no es tan poderoso como la propaganda y sus éxitos militares frente a un comportamiento guerrillero anticuado ha dado a entender hasta hoy en día.

Ahora: no basta con el heroísmo de los hombres. También se requiere un manejo acertado de la guerra. Y nosotros lo tuvimos. Aprovechamos a fondo todas las ventajas de una posición, de una pequeña montaña, de un filo con características especiales, para que esos pocos hombres y esas pocas armas fueran superiores a las del enemigo en todas las condiciones que se presentaron.

Nosotros vivimos una situación difícil por algunos días, mientras el ejército estuvo en una posición dominante porque si rompía nuestras líneas desde esa posición, fácilmente podía hacernos mover del campamento, no aniquilarnos, pero sí desalojarnos lo cual sería una victoria militar para ellos. Pero aprovechamos a cabalidad este filo: hicimos lo que en términos militares se llama una defensa circular de campamento; teníamos hombres por todos los flancos que podían enfrentar la agresión por cualquier lado. Al mismo tiempo hicimos y trabajamos adecuadamente una defensa de montaña donde aprovechando las condiciones propias de la montaña, una fuerza pequeña y débil puede controlar los espacios que tiene frente al movimiento del enemigo.

El ejército tenía siete mil hombres en la zona pero en los sectores concretos por donde lanzó sus fuerzas, no podía movilizar siete mil hombres a la vez por un problema elemental de espacio. Lanzaba en diferentes oleadas una y otra vez un número determinado de hombres que podían ser contrarrestados por pocos hombres nuestros mal armados.

Fuera de eso, la configuración de la montaña permitía que pudiéramos reforzar, en corto tiempo cualquier punto que fuera atacado por el ejército y colocar un mayor número de hombres en la dirección por donde viniera el ataque principal. Eso lo hicimos en la etapa inicial del combate cuando el ataque vino por la parte alta, desde una posición dominante, y cuando el ejército intentó abrir un nuevo frente y una nueva dirección de ataque por el filo también dominante pero indudablemente menos ventajoso de San Pedro.

Hicimos una fluida defensa donde no había ninguna posición estática ni ningún hombre fijo al terreno. Y pudimos mover durante todo el combate hombres de una posición a otra buscando siempre tener solidez donde el enemigo movilizaba a sus hombres. El ejército no podía mover sus hombres con la misma rapidez que nosotros: se demoraban horas o días en abrir un nuevo frente de combate, mientras que nosotros podíamos en cuestión de un rato remediar cualquier brecha que se pretendiera abrir contra nuestras líneas.

Igualmente, aprovecharnos todas las técnicas ingenieras y convertimos una pala común y corriente, con la que trabaja cualquier campesino, en la mejor arma contra los morteros; y vimos caer los morteros constantemente, sin causarle mayores dificultades a nuestras fuerzas, porque teníamos esas obras ingenieras que garantizaban la protección de nuestros hombres: abrigos, trincheras, pozos de tirador cubiertos, etc.

También aprovechamos a fondo el arma del pobre que es el explosivo. Y colocamos explosivos alrededor del campamento para que se hiciera más lento el avance de los agresores…más costoso. Eso fue creando pánico en sus filas.

Y dimos la orden -en vista de una situación militar excepcional y porque el enemigo estaba pegado a nosotros- de que al costo de munición que fuera se evitara que el ejército rompiera nuestras líneas aprovechando los roquets, granadas y morteros para moverse. No hubo la economía de munición que exige la guerra de guerrillas porque la situación que vivíamos lo hacía imposible; lo hicimos a costa de las reservas de todas las unidades que no estaban comprometidas directamente con el ataque del ejército.

Por otra parte, desde el punto de vista militar rompimos la lógica de que debe haber un hombre por arma en la guerrilla. Aprovechamos que teníamos muchos más hombres que armas y pudimos colocar día y noche todas las armas en posición de defensa dando descanso a nuestros hombres. Transformamos a todos los hombres en combatientes, estuvieran o no armados. Y vimos el espectáculo hermoso de esos hombres afilando sus machetes para pelear con el ejército si éste llegaba hasta sus trincheras; y vimos hombres que con una granada en la mano estaban dispuestos a pelear; y vimos hombres que sin armas o con una escopeta vieja, estaban confiados de que con esa arma y con su decisión podían derrotar al enemigo si llegaba a meterse a las trincheras.

Entonces, tuvimos la ventaja de que todas las armas estaban en combate, de que tuvimos muchas manos para cavar trincheras y que convertirnos a todos los hombres en combatientes. Y fuimos capaces de despertar el heroísmo en hombres que sin haber combatido nunca y sin tener un arma en las manos, podían vencer.

Logramos también convertir eso en una empresa colectiva. La decisión de todos los hombres era una sola. El simple planteamiento de abandonar el campamento producía un repudio generalizado, porque ésa fue una opción que se tuvo en cuenta para el caso en que la situación militar se tornara crítica. Pero nunca llegamos a ese nivel. Y la decisión de nuestros hombres era tanta, que el mando podía ser todo menos tan antidemocrático como para llevar a los hombres a contrariar su actitud de vencer o morir en ese campamento.

Tuvimos una defensa bien activa, con hombres permanentemente saliendo y entrando, buscando otras posibilidades de combate por fuera de nuestras líneas. Tuvimos a las masas preparadas para combates ofensivos y también fuimos ofensivos El enemigo no tuvo descanso en los campamentos que colocó alrededor de nuestras líneas de defensa, a escasos metros de ellas. Y esa defensa activa, esa actitud ofensiva de la guerrilla -que no se desenvolvió más porque el gobierno mandaba la comisión negociadora después de cada victoria militar nuestra- fue lo que permitió que tuviéramos la victoria militar que tuvimos y también la hermosa victoria política que logramos.

Así, aun cuando parezca increíble, un grupo humano desenvolviendo correctamente la batalla, aportando todos los hombres con la mayor autonomía posible -porque se vivió un régimen de autonomía total en cada sector de defensa del campamento-, construyendo sin descanso obras ingenieras, siendo ofensivo, no reduciéndose a las necesidades tácticas de una defensa pasiva a nivel circular, sino moviendo las fuerzas a donde fuera necesario moverlas; y siendo más fuertes que el enemigo en el sitio concreto donde éste pretendía romper nuestras líneas, dejó de ser una fuerza endeble para convertirse en una fuerza victoriosa contra esa operación militar de proporciones verdaderamente excepcionales en la vida del país.

Una última pregunta: usted habla mucho de la guerra y habla de la guerra como si ésta fuera inatajable e inevitable. Habla de que se ha forjado una fuerza capaz de conducir la guerra. ¿No le resulta incongruente esta línea de pensamiento en un período de tregua y de diálogo?

Al contrario. Cuando una organización siente que puede ganar la guerra y está en la paz, es simplemente una reafirmación más de que quiera refrendar la paz. Lo grave es cuando uno caña con la paz y la busca simplemente como un mecanismo de transacción para no ser aniquilado. El M-19 es hoy sincero en la paz porque sabe que puede ganar la guerra. Esa es la gran verdad del M-19. Por eso vamos a la paz con una frescura inmensa. Y porque sabemos que ese camino es el que quieren los colombianos. Sabemos que es el mejor camino para Colombia. Creemos que debemos desplegar todas las posibiIidades para un tránsito no violento hacia las reformas sociales que el país exige. Pero lo hacemos con la certeza de que nuestras armas son las armas de la victoria.

Se habla mucho de la guerra cuando se trabaja por la paz. Y el M-19 está trabajando por la paz. Y le da al pueblo la absoluta convicción de que puede ir hacia el proceso de la paz tranquilo, que si es violentado en su credibilidad, que si es intimidado, que si los pactos no se cumplen, si las reformas no llegan, si la esperanza se ve nublada por el comportamiento de un gobierno y de unas fuerzas armadas, hay una fuerza que logrará la paz siendo gobierno, convirtiéndose poder. Ya Colombia puede luchar con toda tranquilidad por la paz porque ésta va a ser posible.

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