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9 marzo 2014 7 09 /03 /marzo /2014 01:34

DE MÉXICO A CORINTO (VÍA MADRID)

Alvaro Fayad Delgado

 

Cuando el 7 de agosto el presidente Bentacur levantó su bandera de paz «a los hermanos alzados en armas» (1), el M-19 contestó en el Caquetá «vamos a donde él quiera, para hablar, de la paz, no de la guerrilla; de la paz del país».

Más que frases, fueron la expresión de un nuevo ambiente, de una nueva realidad en el país. Las encuestas elaboradas por Lombrana (2), el mismo que había pronosticado el triunfo de Belisario, decían que el país quería la paz, el diálogo y que estaba con nosotros. Belisario fue consecuente con la voluntad popular. Así llegaron la amnistía -que no se negoció con nosotros, no se nos consultó- y luego un proceso de negociaciones que culminaron con los acuerdos de tregua. Consideramos la amnistía un triunfo del pueblo, que es el que pone el pecho en esta guerra, porque nosotros, a diferencia de los políticos, no hablamos de democracia y de paz sólo en las épocas electorales.

 

 Apenas se pone en vigencia la amnistía (3), le decimos al presidente: «demos el segundo paso, pero ya, de una». Y Belisario, a diferencia de Turbay, que hizo una amnistía humillante por la que mordió el polvo, sí se le mide a la paz y abre una inmensa expectativa que todos acogemos. Pero además le manifestamos que estamos dispuestos a ir más allá, a colaborarle en un movimiento nacional que rompa con el estado oligárquico, que rompa con la democracia restringida y que conduzca a una paz verdadera.

 

Pero pasa la amnistía y meses después no ocurre nada. Mientras tanto, los grupos paramilitares hacen de las suyas. En 6 meses de gobierno de Belisario Bentacur hay más muertos por los paramilitares que en el último período de Turbay, que fue el peor. El mismo procurador de la Nación dice que hay 160 implicados directamente en las órdenes de captura y ejecución de los desaparecidos y asesinatos, y entre esos 160 hay 45 militares (4). Pero el presidente no respalda esa investigación; algo huele mal ahí.

 

Simultáneamente, las Fuerzas Armadas ven duplicado su presupuesto, de pronto Belisario, en un discurso, rodeado de generales, dice que la amnistía es todo lo que va a dar que de esa raya no va a pasar.

Eso entorpece todo el proceso, pero además, ¿en qué queda ese movimiento nacional que victoriosamente lo ha llevado a la presidencia de la República?; en un grupo de personajes encargados de los ministerios y otros altos cargos, todos de los partidos tradicionales; son los mismos de siempre. De pronto hay excepciones como el ministro de Gobierno, Rodrigo Escobar Navia, o el de Comunicaciones, Bernardo Ramírez, pero de resto, son los mismos de López, los mismos de Turbay.

 

 Aunque en esos momentos el presidente de la Comisión de Paz, Otto Morales Benítez (5), estaba jugando un papel importante, nosotros insistíamos en dialogar directamente con Belisario Betancur porque él es el jefe constitucional de las Fuerzas Armadas. Nuestros contactos con Otto Morales se habían hecho a través de algunos senadores amigos nuestros y de la paz, porque considerábamos de todas formas que la comisión era un pulmón de oxigenación para este ambiente enrarecido militarmente. Habíamos discutido la realización de una reunión sin agenda en Bogotá o en la Caquetá. Queríamos intercambiar opiniones sobre cómo realizar un encuentro de paz, cuando de pronto Otto Morales renunció a la comisión diciendo que había «enemigos agazapados» en el seno del gobierno. Nosotros preguntamos entonces, «¿quiénes son los agazapados?»: ahí están, son los militares dedicados a la dirección de los grupos paramilitares, son los militares que están chantajeando al presidente de la República para que abandone el proceso de paz y por eso es que patina Belisario.

 

 De pronto comienza el acercamiento. Ya en la época de la aprobación de la amnistía, se había frustrado un diálogo con Bernardo Ramírez en México; nosotros estábamos con Báteman esperando en La Habana, pero, se dijo entonces que había mucho periodista y se había perdido el secreto.

 

 Se pensó en Nueva Delhi, pero Belisario no pudo ir (6). Entonces se perdió la avioneta en la que viajaba Báteman y se inició su angustiosa búsqueda (7). Cuando ya lo dimos por muerto, yo asumí la vocería del M-19 y planteé nuestra insistencia en un diálogo directo con Belisario para preparar condiciones hacia un diálogo nacional y una tregua. Yo digo que no es que estemos pidiendo que el ejército se retire de zonas geográficas del país, sino que debe haber una desmilitarización de la vida, para que se respete la vida civil, para que haya un verdadero régimen civil en Colombia.

 

 A raíz de eso, me ponen una cita en La Habana. Yo voy, y son Gabo y Alfonso López Michelsen (8) que me dicen que a nombre de Belisario Betancur quieren saber exactamente la posición del M-1 9.

 

 Gabo llega primero a la casa en donde nos hemos citado, es la casa que le asignan al Premio Nobel en La Habana; luego aparece López y finalmente yo, Subimos al segundo piso y la charla comienza de inmediato. López Michelsen muy concienzudamente apunta todo, quiere llevar por escrito lo conversado, y dice «sigo insistiendo en mi tesis, que fue lanzada en la campaña, en el sentido de que la paz es un problema de poder político».

 

Explicaba entonces que el que tenga poder político, fuerza política, fuerza de opinión, puede hacer la paz; no una comisión (como la que dirigía Carlos Lleras (9) en ese tiempo). Y agregaba que Belisario tenía la fuerza política para hacerla. Insistía mucho en que él no quería poner ningún elemento personal a este acercamiento y copiaba todo lo que se hablaba, muy concienzudamente.

 

Eso me impresionó mucho. Allí se despejaron dudas sobre la política que seguiríamos después de la muerte de Báteman y de esa reunión salió la crónica de Gabó.

 

Ese atardecer fue la segunda vez que vi a López. Ya nos habíamos conocido -también en La Habana- en una ocasión en que nos encontramos además con su señora, Cecilia. Esa vez estaban Báteman y Pizarro (10).

 

 De los dos encuentros recuerdo su brillantez, su capacidad, su ironía, pero me impresionó el cambio de ánimo que le encontré. En la primera, realizada recién posesionado Belisario -es decir, cuando acababa de perder López las elecciones- lo vi un poco viejo no le encontraba horizontes a la vida política para un proceso de paz, y estaba más interesado en la película que se filmaba con base en su novela «Los elegidos» que en la situación política, o en los partidos.

 

En la segunda, era otro hombre; ya había para esa época manifestaciones de oposición a Belisario en el Congreso; se veía más joven y decidido.

 

Gabo, como siempre, con esa capacidad humana que abruma, con la fe que le pone a las cosas en las cuales cree, con su afecto por Báteman, de todos conocido y con sus coincidencias con nuestro líder. Yo creo que Báteman hizo en la política lo que Gabo hacen en la literatura. Macondos y brillantes ambos. Gabo jugó un papel dinámico en todo el proceso, en los momentos más difíciles ahí estaba.

 

Quedamos a la espera de la reacción de Belisario sobre la propuesta que López y Gabo le llevaban. Pero nada. Pasaron los meses y nada, y las promesas sociales de Belisario empiezan a no aparecer.

 

 El militarismo empieza a florecer y la paz se empantana.

 

Hasta que Betancur manda una razón: quiere una entrevista con nosotros, pero secreta y por fuera del país. La respuesta textual nuestra es la siguiente: «nosotros no estamos interesados en una entrevista secreta, estamos interesados en una entrevista pública y dentro del país para arreglar los problemas del país. Pero sí estamos dispuestos a hablar con Belisario donde quiera, para charlar sobre los poetas griegos que él traduce, para oír a Olimpo Cardenas.

 

 Vamos, hacemos cualquier cosa que ayude al proceso de la paz.

 

 Si lo que quiere Betancur es una cita fuera del país y secreta, no será para negociar absolutamente nada, sino para ver los mecanismos, de una entrevista pública, que lleve a una tregua y a un diálogo».

 

Pasan unos días, unas semanas, y no hay respuesta. De pronto nos dicen que hay una cita en México con Bernardo Ramírez (11). "Al igual que lo que habíamos planteado nosotros, Ramírez dice que va, pero no a negociar, sino a acordar los mecanismos para una con Belisario Betancur en otra parte. Nos gustó que fuera con Ramírez; una cara nueva que era además el otro ego, el otro yo de Belisario.

 

No queríamos ir solos, porque pensamos que las negociaciones futuras debían incluir a los otros grupos guerrilleros. Lo planteamos a las FARC (12); para que algún delegado de ellas fuera a México a la reunión con Bernardo. Me preguntaron, ¿y cómo llegamos? Yo les contesté: «pues yendo».

 

No era en realidad fácil ir hasta allá, era superclandestino, además nosotros no podíamos circular por los aeropuertos así no más. Pasar fronteras, pasaportes falsos, muchos aeropuertos, hasta llegar a México. Allá busqué a Bernardo en un hotel lujosísimo, grandísimo, gigantesco. Para hacer el contacto tomamos todas las medidas de seguridad del caso, porque si algo pasaba, el paganini era yo.

 

Pero allá le llego. No lo conocía. Apenas lo saludé, cuando algo atrajo mi vista como un imán. Era una mesa repleta de libros, qué libros tan buenos. Hacía mucho tiempo no veía libros. Los miré un rato y luego lo invité a salir a una casa de seguridad que habíamos acondicionado. El me pidió que fuera en el hotel mismo, y yo no sé porqué pero sentía que podía confiar en ese hombre, y sin ningunas medidas me quedé allí, Cómo será de grande la confianza que el tipo genera en segundos, que después bajé con él a un comedor público tranquilamente, a comer. Nos encarretamos porque lo concreto se definió rapidísimo: el presidente iría a España a recibir el Premio Príncipe de Asturias y planteaba que en ese viaje se podía encontrar con nosotros. Felipe y el Rey ofrecían la seguridad. Nuestro único problema era el corto tiempo -menos de una semana- para llegar a Madrid. Pero dije inmediatamente «listo, en España era una oportunidad única que no podíamos desperdiciar.

 

Me gustó contactar a Bernardo Ramírez; es un pereirano, paisa, que va directo, sin rodeos, va a lo que va sin prepotencias. Y tienen además la inmensa ventaja de no poseer ese estilo oligárquico que tienen los funcionarios oficiales en nuestro país ni para hablar, ni para enfocar los problemas, ni en sus actitudes.

 

Lo más difícil fue avisarle a lván Marino Ospina (13) y que él pudiera llegar a España a tiempo. Estaba en el río Orteguaza, en el Caquetá. Pero había que ir. Dicen los periodistas que llegamos en un avión expreso desde La Habana. Eso es falso. Llegamos en línea comercial, como cualquier turista. Nos metimos a un hotelito de mala muerte. Llegué yo primero, cinco días antes del encuentro.

 

Aproveché para andar tranquilo por las calles. Después del monte vino la cárcel y después otra vez la clandestinidad. Era una sensación rara esa de andar por la ciudad sin delirio de persecución. Yo no conocía ningún país distinto de Colombia. Había ido dos veces a La Habana, y pare de contar.

 

 Esa noche fui a una cita, en donde me recogieron para llevarme a la casa de Julio Feo (14). Estaba allá el cuerpo de seguridad de Felipe González y nosotros desarmados, jugándonos todo por el todo. ¿Y sabe qué salvó el encuentro?, que como estábamos clandestinos no nos enteramos del escándalo que armó Yamid Amat (15)* si nos llegamos a enterar no vamos.

Nadie se le hubiera medido una ratonera de esas. Cuando supimos, nos enfrentamos al problema de salir de España, pero ya el encuentro con Belisario se había dado.

 

 Yo no crítico a Yamid Amat, su oficio es el periodismo. Quien tuvo una actitud censurable fue el que le informó a él. Y le aseguro, no fuimos nosotros porque no podíamos exponer el pellejo en forma suicida.

 

 Llegamos una hora antes que el presidente, y aprovechamos para conversar con la seguridad de La Moncloa. Ellos son un cuerpo esencialmente antiterrorista, cuyo problema fundamental es ETA. Les explicamos el sentido democrático de nuestra lucha, cuáles eran las condiciones de América Latina que diferenciaban los objetivos y las acciones de nuestras guerrillas con la europea, estilo ETA o brigadas rojas y a lo último, ya con tranguitos, nos preguntaban las técnicas -claro, se les salió el oficio-, cuando de pronto apareció Balisario.

 

 Estábamos en una salita del primer piso. Lo vi nervioso, camina muy rápido, pensaba que lo iba a encontrar en frac y apare vestido de «civil». Con su estilo paísa: «mucho gusto lván, mucho gusto Alvaro» y siguió a una salita del segundo piso. Nos sentamos los tres y la puerta se cerró.

 

Belisarío tiene esa capacidad de meterle una corriente de calidez humana que vuelve lo más trascendental en coloquial, y tampoco tiene misterios. Hacía calor. lvan y yo nos quitamos los sacos. Belisario contó las peripecias para volarse del banquete del rey y sobre el ajetreo en las Naciones Unidas y en El Vaticano. Toda esa carreta sirvió para ir hablando. Había un cunchito de whisky, lo servimos brindamos los tres. Sentíamos que era un brindis histórico, era primera cita de un presidente colombiano elegido por el voto popular con la insurgencia armada, sentíamos que estábamos haciendo lo correcto pues el diálogo no empequeñece ni al gobierno ni a la guerrilla. Era un cambio histórico: cuando Lleras Restrepo como presidente de la Comisión de Paz -durante el gobierno de Turbay, iba reunirse con Báteman en México nosotros hicimos las gestión desde la cárcel, Alvaro Gómez (16) y los militares dijeron que no podía ir «a las cavernas de la subversión» y que para un expresidente era una indignidad hablar con un jefe guerrillero. Belisario rompe con todo eso y sin consultárselo a nadie.

 

Hablamos de todo, pero con una sola pregunta en mente: «¿cuándo paramos esta guerra?».

 

El explicó que la guerra era consecuencia de la violencia. Nosotros le dijimos que no, que era cierto que parte de las familias de los tres habían sido asesinada en esa época, pero que hasta allí llegaban las coincidencias. «No somos una consecuencia de esa violencia, ni estamos para vengar la muerte de nuestros seres queridos. Buscamos más bien justicia y democracia, un nuevo país, le dijimos.

 

También hablamos de su plan económico, de la lucha contra narcotráfico; hablamos del problema de Rodrigo Lara y afirma que él debía dejar el Ministerio de Justicia, pero no tanto por problema del cheque del mafioso, sino porque estaba de acuerdo con un Código de Procedimiento Penal que era regresivo y fascista (17) Cuando llegamos a los banqueros le dijimos que uno no puede estar con todo el mundo y que si quería cambiar el país debía tomar medidas, por ejemplo, para castigar a un señor que había utilizado plata ajena para enriquecerse, Jaime Michelsen Uríbe (18).

 

Y le agregamos, «si usted cumple el 30 % de lo que prometió en su campaña electoral, sólo el 30 %, salimos con usted a la plazas públicas a defender su gobierno. Pero convoque al pueblo, convoque a la Nación como lo hizo López Pumarejo» (19). El contestaba que no podía hacer los cambios radicales que nosotros pretendíamos, que había que ir paso a paso, poco a poco ganando espacio, que la situación era muy difícil y los militares muy duros.

 

Les insistimos, una vez más, en la necesidad de un diálogo público en Colombia para impulsar un proceso de paz viva. Le anunciamos que si la reunión se daba, asistirían además el EPL (20) las FARC, con los cuales teníamos contactos. En eso quedamos en concreto. Belisario quiere una foto y nosotros aceptamos. El llama a Julio Feo para que haga la histórica fotografía.

 

Ya eran las dos y media de la mañana y nadie tenía cámara fotográfica. No se pudo hacer. Acordamos comunicarnos con Bernardo Ramírez o con Gabo.

 

Regresamos a Colombia y buscamos a los compañeros de los otros grupos. Dos meses después firmamos un documento con Manuel Marulanda (21) y los demás miembros del Secretariado del Estado Mayor de las FARC.

 

A la salida está el diario El País para hacer una entrevista ahí, en la casa. Nosotros decíamos que no, y Belisario que sí. Entonces yo lo miro y le propongo «¿por qué no nos vamos en un avión mañana a Colombia, llegamos juntos y allá damos todas las declaraciones?». Entonces Belisario cambia de idea y se niega a dar la entrevista. Y de despedida le decimos: «póngase el casco de Allende, el pueblo y nosotros lo apoyamos». Volvemos a brindar por un encuentro posterior, una tregua y el diálogo nacional, y nos vamos.

 

Comenzamos a llamar a Bernardo Ramírez y nada, no aparece, se nos borra. Pasa diciembre, pasa enero, y Bernardo no está cuando lo llama «Carlos Julio Ramírez que es el nombre clave. Nunca está, le dejo razones varias veces y nada y nada y nada. De pronto empiezan las reuniones de la Comisión de Paz con las FARC. Quedó rápidamente listo el acuerdo con ellas. Y seguíamos insistiendo en vano con Bernardo. Pensamos entonces «aquí está pasando algo raro». Comencé a mandarle razones a Belisario, a Bernardo, me reuní con amigos de ambos, gente muy cercana a los dos, con Otto Morales -dos veces- para decirle «hágale un favor a la patria, sea emisario». Otto se comprometió a buscar una respuesta, y nunca nos comunicó nada. Mandamos razón a Gabo, éste llevó el mensaje a palacio y nada. Volvimos a buscar a Otto Morales, ¿y sabe qué nos contestó?, que habláramos con el secretario de la Comisión de Paz.

 

 Entonces lo entendimos claramente: querían que adhiriéramos al acuerdo con las FARC (22). Belisario se quería ahorrar el desgaste y la necesidad de chocar dos veces con sectores políticos, militares y financieros que no iban a aceptar otra entrevista pública con la guerrilla, jodernos a nosotros y jugar a la ley del arrastre. Cuando meses después nos volvimos a reunir, Bernardo me dijo que yo había anotado mal su teléfono privado. Eso pudo ser cierto pero, ¿y las razones con Gabo? ¿las razones con Otto Morales? ¿los mandados de sus amigos? Eso fue una disculpa. Lo que ellos pensaban era meternos a todos en el mismo costal pero negociar separadamente, no en bloque, para debilitarnos y ahorrarse la reunión pública; y finalmente, endosarnos a una comisión intermediaria, para que el presidente no tuviera que intervenir personalmente.

 

Las FARC cayeron en este juego, cometieron la torpeza de aceptar ese método. Torpeza, porque ya teníamos un terreno abonado y queríamos un acuerdo conjunto que nos mostrara en toda nuestra fuerza, en toda nuestra dimensión ante el país. Tuvieron poca visión de grupo y rompieron los convenios que tenían con nosotros.

 

Entonces decidimos responder. Se anuncia el acuerdo de La Uribe, y Andrés Almarales (23) sale de inmediato a rechazarlo. Anuncia que haremos una contraofensiva militar, política y publicitaria, para exigir el cumplimiento de los acuerdos de Madrid.

 

No aceptamos el arreglo con las FARC porque le falta pueblo, es un convenio entre gobierno y guerrilla, y pensamos que ese no es el problema de la paz en este país.

 

Es increíble; se da Florencia (24) que es un triunfo político y militar nuestro, aunque los partes del ejército y del gobierno digan que fueron no sé cuántos muertos. Allá fue derrotado del ejército, y no sólo la contraguerrilla -la concentración en una capital departamental más grande del país, humillada, derrotada allí-, sino toda la tropa, y al otro día me llama Bernardo Ramírez a través de una serie de hilos y me dice que quiere hablar.

 

No era entonces un tal teléfono equivocado. Se probó que si el pueblo le mete fuerza acompañada de fierros, ahí sí oyen. Si no tomamos la embajada (25) no hay diálogo, si no hacemos Florencia, no hay diálogo.

 

Reanudamos las conversaciones esa misma noche; nos va muy bien, el diálogo entre los dos es muy fluido, de frente para madrearnos, para decirnos que estamos de acuerdo o que estamos en desacuerdo. Son totalmente clandestinas porque después de Florencia la persecución se hizo muy dura. A él le pedíamos que fuera sin guardaespaldas, cambiando de carro y chequeando la entrada a los sitios.

 

 Yo siempre iba armado, bien armado.

 

Por el hecho de que un soplón -que no era yo, y le creo cuando él decía que tampoco había sido- dificultaba las cosas, había que buscar sitios nuevos, casas distintas. Para estas citas sirvió gente insospechable de este país, deportistas, gente de la cultura, del periodismo. Poco a poco le fuimos quitando tanto misterio y al final ya desayunábamos en casa de Bernardo.

 

En la primera reunión después de Florencia, me pregunta « ¿qué es lo que quieren?», y yo le contesto: «lo de siempre, tregua y diálogo nacional», llevábamos cuatro años jodiendo con eso. Me promete traer un proyecto de acuerdo al día siguiente. Llega a esa reunión, con uno idéntico al suscrito con las FARC. Yo le digo de frente, con el papel en la mano: «ya, de una vez, esto no, esto no, esto no, esto sí, esto sí, esto no y así. Y agrego: «como ustedes están apostando bajito, nosotros vamos a apostar duro, Y nos encontramos en la mitad». Le di mi propuesta, que era muy exigente, bien elevada y convinimos en que la elaboraría por escrito. Confrontaríamos las dos para sacar un borrador sobre el cual iniciaríamos el trabajo de discusión.

 

Había que trabajar en dos niveles: el documento de tregua y el proceso de diálogo. Para nosotros el problema no era obtener una simple tregua, era definir los mecanismos del diálogo. Nos pusimos de acuerdo en que la Comisión de paz no intervendría por el momento, para hacer más rápida la negociación: sólo trabajaríamos él y yo.

 

Varias cosas debían quedar claras. En primer lugar, que no es cierto el argumento de los militares de que el ejército no derrota a la guerrilla, pero que la guerrilla tampoco derrota al ejército. Eso es falso, nosotros sí nos sentimos capaces de derrotarlos. En segundo lugar, no estamos cansados de la guerra ni sentimos que es una vaina inútil, no es que ahora pensemos en los caminos electorales. No. Es una fuerza decisoria, el sentimiento nacional, la que reclama una solución a sus problemas. Y para ello, Belisario era un buen protagonista; Bernardo Ramírez lo reemplazaba inmejorable.

 

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