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29 octubre 2014 3 29 /10 /octubre /2014 17:24

 

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Medio dólar con la firma de Omar Torrijos, utilizado para hacer el primer contacto con Jaime Bateman.

 

La dictadura de Somoza en Nicaragua, cada vez más debilitada, había recibido un nuevo golpe el 22 de agosto, cuando un grupo de 25 sandinistas se tomó las instalaciones del Palacio Nacional.  Los rehenes se contaron por cientos, entre ellos los 67 miembros de la Cámara de Diputados, el ministro del Interior y varios familiares cercanos de Somoza. La petición central del FSLN fue la liberación de los presos políticos, la difusión de una declaración política, el retiro de los guardias de los alrededores, la aceptación de las demandas de los trabajadores en huelga, 10 millones de dólares y garantías para que los integrantes del comando y los presos liberados salieran hacia Panamá. Antes de 48 horas habían ganado las principales peticiones. Al día siguiente estaban rumbo a Panamá, donde Torrijos les brindó asilo político.

"Con esa gente hay que hablar, ¿cierto?", pensó una vez más El Flaco. Y para él la mejor forma de la solidaridad con la lucha de los nicaragüenses eran los hechos. El 10 de mayo anterior dos comandos de la organización habían ingresado a la sede de la Embajada de Nicaragua en Bogotá, donde redujeron a sus ocupantes y retuvieron al embajador William Baquero Montiel por varias horas. Dos meses más tarde, en desarrollo de los Juegos Centroamericanos que se realizaban en Medellín, el M-19 interceptó un bus en el que se trasladaba el equipo de béisbol de Nicaragua; los guerrilleros pintaron consignas, arengaron a los deportistas y distribuyeron un comunicado de condena al somocismo.

Con la anuencia y todo el apoyo del general Torrijos, Panamá se convirtió en una base de apoyo para los sandinistas. Ningún otro mandatario de la región se comprometió tanto y tan a fondo con la causa antisomocista, sin desconocer el papel que jugaron los gobiernos de Costa Rica y Venezuela. En Panamá el FSLN y la oposición a Somoza dispuso de un espacio para establecer relaciones políticas y diplomáticas, negociar armas e insumos para la guerra y organizar la solidaridad internacional. Apoyar la causa de los nicas se volvió una de las obsesiones de Torrijos. Pero igualmente estaba dispuesto a respaldar las causas democráticas y revolucionarias en otras naciones de la región.

Desde cuando Ricardo Lara Parada, ex dirigente guerrillero del ELN, estaba en La Picota, en Bogotá, Bateman se preocupó por su suerte y le ofreció la ayuda necesaria para que recuperara la libertad. Gracias a errores procedimentales en el llamado "Consejo de Guerra del Siglo", donde lo habían condenado, Lara salió de la cárcel el 3 de octubre de 1978. Habían pasado casi cinco años desde su captura, en noviembre de 1973. Frente a los riesgos que corría en el país, se decidió su traslado a Panamá. Poco antes de partir se encontraron una noche. Lara era escasos seis meses mayor que Bateman: competían en flacura, aunque Jaime la disimulaba con su pequeña y redondeada barriga; ambos altos, de brazos largos, con el pelo ensortijado y un porcentaje de raza negra muy similar. Costeño y riberano: en fin de cuentas, dos culturas con muchas identidades. Desde entonces hubo entre ellos una amistad recíproca cultivada por ocasionales encuentros y por la permanente protección que El Flaco le brindó. El M-19 asumió algunos aspectos logísticos y de seguridad para su viaje, pero fue Gabriel García Márquez quien le contó a Torrijos la historia del guerrillero "eleno" y le propuso que lo recibiera en Panamá. El general, gustoso y solidario, lo aceptó y vinculó a un proyecto agrario en  Coclecito,  donde tenía una modesta casa.  Así era Torrijos.  Ricardo Lara se ganó su aprecio y el de los campesinos del lugar.

Bateman tenía sus propios planes con Panamá y el sandinismo. Andaba en lo suyo, conspirando y entablando relaciones. Muy consciente de las limitaciones logísticas para desarrollar las guerrillas móviles, instruyó a toda la militancia en la urgente necesidad de conseguir armas. Pensaba también en la guerra de Nicaragua, donde las imágenes de prensa y televisión mostraban a la gente peleando con rudimentarios elementos: adoquines, caucheras, rifles de bajo calibre, pistolas casi de juguete. El Flaco estaba pensando en grande.

A través de sus contactos supo que el primer jueves de cada mes un camión lleno de armas hacía el recorrido desde el Cantón Norte hasta el Ministerio de Defensa en el CAN; eran armas decomisadas y su cantidad podía ascender a 200 ó 300. El vehículo siempre iba custodiado por otro transporte militar; se le hizo un estudio completo y se determinó asaltarlo en la vía pública, a plena luz del día: "Era el primer operativo feroz que se iba a hacer, porque implicaba entrar matando. No había otra posibilidad. El Flaco era enemigo de cualquier acción que implicara entrar a matar y siempre procuraba que no se derramara sangre inocente. Pero en ese caso no había ninguna otra posibilidad"[1]. Prepararon un grupo comandado por Jaime Bermeo, Simón, confeccionaron uniformes y cascos de la Policía Militar, montaron una central de radiocomunicaciones, consiguieron locales para la retirada, y ya entrenados salieron a patrullar. Pero de pronto llegó la orden tajante del comandante Pablo: "El operativo se para" Los planes cambiaron.

La nueva información era la existencia de un depósito de armas en el Cantón Norte de Bogotá. Bateman se apersonó de la situación, desde el principio hasta el final condujo la operación, cada paso lo planeó y lo consultó con Isidro, Carlos Duplat, quien pasó a ser el mando externo; como segundo al mando estaba Yamel Riaño. Concibió la construcción de un túnel desde una casa alquilada para llegar al sitio. Habló con los esposos Rafael Arteaga y Esther Morón, quienes manejaban la firma Produmédicos, que financiaba parte de las actividades del M-19. Eran la familia ideal para dar la cobertura en la casa desde donde se iniciaría la construcción: una pareja acomodada con dos hijos, que gozaba del aprecio de sus amistades y de buen crédito en el comercio capitalino. El cálculo era sacar unas mil armas, y para eso compraron una vivienda que estaba a escasos 80 metros del galpón donde se almacenaban.

El asunto era bastante delicado y planteaba muchos problemas e interrogantes: el dinero para toda la operación, los aspectos técnicos y de seguridad, la coordinación y compartimentación de un grupo muy grande de militantes involucrados en el trabajo, la evacuación de las armas y de las personas... en fin, detalles y detalles que con el paso de los días se presentaron y así mismo se sortearon. Durante dos meses y medio se trabajó febrilmente, sin descanso, sabiendo que los riesgos eran extremadamente altos, que en la Operación Colombia el M-19 se jugaba el todo por el todo. El comandante Pablo se apoyó en un reducido grupo de su máxima confianza y distribuyó responsabilidades, pero estaba enterado de cada paso que se daba. Permanentemente se reunía con Isidro, con Rafael, con Esther o con Otty, que era el responsable en Bogotá y tenía como una de sus misiones coordinar la construcción de algunas caletas para guardar las armas.

Bateman buscó contacto en el exterior con los cubanos, y por intermedio de ellos con los panameños y los sandinistas. Al finalizar octubre viajó con Iván Marino Ospina a Panamá. La idea era ofrecer un respaldo efectivo para la lucha en Nicaragua: mil fusiles! Allí se entrevistó con uno de los dirigentes del FSLN y le hizo la propuesta. A su vez, dejó funcionando formas de comunicación y el apoyo que los cubanos prestarían a algunas personas que tendrían que abandonar el país tan pronto culminara la operación. "Una vez, estando yo en Cali de profesor de la Universidad del Valle, con una posición bastante buena como cobertura, fui a recibir a unos compañeros a Ibarra. Resulta que los compañeros eran Jaime Bateman e Iván Marino Ospina, que venían del exterior y estaban entrando por el Ecuador. Yo sé que ellos hicieron Panamá- Quito. Eso fue en 1978”[2].

Los sandinistas a su vez le comentaron al general Torrijos la oferta del M-19. García Márquez también estaba enterado del tema y en una reunión que tuvo con el general a finales de noviembre, éste le propuso enviar un emisario a Bogotá para que se reuniera con los dirigentes del M-19, se enterara de los detalles y acordara la forma de hacer llegar esas armas a Panamá. Ese día Torrijos estaba borracho y sacó un billete de un dólar, estampó su firma en una mitad y Gabo lo hizo en la otra, lo dividieron en dos partes y cada uno conservó un pedazo, el de la firma del otro. Ésa sería la contraseña entre Gabo y el emisario del general.

Por primera vez Torrijos se involucraba en un intento serio de ayudar con armas a los  sandinistas. Una misión de esa envergadura solamente se la podía encomendar a alguien de mucha confianza. Marcel Salamín había sido profesor universitario y ahora era el civil más cercano al general, su asistente inmediato. A él le confió la tarea. El encuentro sería el viernes 15 de diciembre.

Como estaba planeado, llegó esa mañana a Bogotá y se hospedó en el hotel Tequendama; un poco más tarde recibió la llamada de Gabo, se identificaron y fijaron las señas para reconocerse cuando se vieran.

A las once de la mañana pasó a recogerlo, se saludaron como dos viejos amigos y caminaron hasta el hotel Hilton. García Márquez le entregó el pedazo de billete con la firma de Torrijos y le reclamó el suyo; el panameño quedó confundido: no sabía de qué le estaba hablando; Gabo lo entendió: "Coño, ese general tuyo sí que es bien loco". Le explicó que pronto se encontraría con Jaime Bateman, el jefe del M-19. Era temprano aún y para pasar el tiempo decidieron entrar en la barbería del hotel. Cuando salieron le indicó un carro que estaba parqueado afuera: "Entra, te busco mañana cuando te vayas".

“Yo me monté y ahí estaba Jaime Bateman con un muchacho muy bueno que también era comandante y al que después lo mataron. Creo que era el segundo comandante, un muchacho bajo, fuerte pero no era gordo, Iván Marino Ospina. Andaban con otro muchacho flaquito, eran tres. Nos fuimos a dar vueltas por la ciudad y me llevaron a un restaurante popular, no sé en qué parte de Bogotá sería, porque yo no conocía. Dimos muchas vueltas, me imagino que fueron todos los recursos de la seguridad. Hablamos mucho, hablamos de Panamá, hablarnos del general Torrijos. Bateman me preguntó insistentemente cómo era el hombre, cómo actuaba, cómo reaccionaba frente a las cosas, su grado de sensibilidad política, las tareas que tenía por delante como las veía, como las concebía, como concebía su propio destino; todas estas cosas me preguntó. A cada rato me decía: "Coño, cómo me gusta ese tipo, cómo me gusta el hombre ese. Vamos a hacer una buena amistad, ¿cierto?[3].

La conversación se prolongó toda la tarde; las inquietudes eran de parte y parte. El general le había encargado a Salamín que explorara en la personalidad de esos guerrilleros: cómo eran, si miraban a los ojos, cómo se comunicaban, si tomaban nota de lo que se conversaba ("Si lo hacen, no son confiables") y cómo se comportaban cotidianamente. El comandante Pablo le detalló al máximo lo que pensaba el M-19, sus motivaciones y experiencias, su visión de los problemas colombianos y de la situación internacional. Le contó sobre el túnel y la operación que estaban haciendo para sustraer un armamento del Ejército y la importancia de enviar una parte a los sandinistas por la vía de Panamá.

El plan de El Flaco era montar esas armas en un avión y trasladarlas en la noche del 31 de diciembre a una pista en Panamá. "Ustedes lo que tienen que garantizar es dónde vamos a aterrizar". Cuando fueron a dejarlo en el 'Tequendama, El Flaco lo invitó a cenar en el Salón Monserrate. Esa noche se presentaba la cantante Támara, anunciada como "La voz morena de Colombia".  Salamín no lo podía creer: estaba bebiendo y comiendo con los máximos dirigentes del M-19, hablando de una acción que ellos adelantaban contra el Ejército, y en las mesas contiguas un grupo de oficiales celebraba ruidosamente la despedida navideña.

Al día siguiente se encontró nuevamente con García Márquez, que arrimó al hotel para despedirlo.

Cuando llegó a Panamá buscó de inmediato al general, le expresó sus opiniones y le entregó un casete que Bateman enviaba. Lo escucharon pensando que traía algún mensaje adicional, pero soltaron la carcajada al oír los chistes de Montecristo.

Le contó que era un personaje afable y lucido, muy amable y amigable Cuando lo enteró del operativo que estaban adelantando y del plan para el 31 de diciembre el general abrió los ojos utilizando una expresión muy panameña, exclamó: "¡Coño! ¡Ese hombre es un cuatriboliao!"[4].

Tres días después, mediante el mecanismo establecido, le comunicaron a Bateman las coordenadas de un aeropuerto que los panameños tendrían bajo control durante toda la noche del 31. En efecto, esa noche el general Torrijos se reunió con sus allegados para recibir el Año Nuevo en Farallón, una de sus residencias situada a la orilla del mar, al sur de la capital; en medio de la celebración y de la expectativa, constantemente le preguntaba a Salamín si había novedades. No pasó nada. Sin embargo, "eso estableció un contacto con el M-19 y un grado muy profundo de relación y confianza"[5].

 

*JAIME BATEMAN CAYON: Biografía de un revolucionario

Herrera Villamizar  Dario, Planeta 2002, pags. 346/350

 


[1]Entrevista del autor a Carlos duplat, Santafé Bogotá 10 de mayo de 1999

[2]Entrevista del autor a Antonio Navarro, Santafé de Bogotá 12 de diciembre de 1999

[3]Entrevista del autor a Marcel Salamín, Panamá 21 de enero de 1999

[4]Macho “con cuatro bolas”. Panameñismo

[5]Marcel Salamín, “Marcel Salamín y su relación con el general Omar Torrijos”, (Inédito)

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