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8 marzo 2014 6 08 /03 /marzo /2014 23:58

IVAN1

 

EN LA BÚSQUEDA DE LA PAZ, EN CUALQUIER PASO, POR PEQUEÑO QUE SEA, ES POSITIVO

Por Rafael Vergara Navarro

En su primera entrevista pública después de asumirla comandancia del M- 19, Iván Ospina comenta sobre la reunión que sostuvo con el presidente Betancur en Madrid, las propuestas actuales de su Organización y la situación centroamericana.

R.V. Durante el viaje de Betancur por España, usted y Álvaro Fayad se reunieron con él ¿Podría contarnos los pormenores de esta reunión y su apreciación en torno a los avances en el logro de la paz en Colombia?

Sí, el pasado octubre nos encontramos en Madrid con el presidente Betancur como una manifestación más de nuestra voluntad de paz. El ánimo y las condiciones fueron muy distintas a las de las históricas reuniones de Sitges y Benidorm (España), cuando los representantes de las oligarquías liberales y conservadoras pactaron el ya conocido Frente Nacional, buscando poner fin a la masacre desatada por ellos y que significó la muerte de 300.000 colombianos. Esta reunión con Betancur marca un hito: un presidente de Colombia reunido con los representantes de la insurgencia, del M-19.

Consecuentes con nuestro planteamiento de que la amnistía es un paso hacia la paz, creemos que este primer diálogo, esta primera conversación, es paso previo del diálogo nacional que tendremos que hacer frente a nuestro pueblo, con participación de todos los sectores económicos, políticos y sociales del país, y como es obvio, con las otras organizaciones revolucionarias que —como las FARC, el ELN, EPL y ADO -  combaten por una patria para todos.

R.V. Pero el diálogo fue iniciativa del M-19 o del presidente Betancur?

Nadie puede alegar la paternidad de esta iniciativa, pues parte del deseo de todo un pueblo que necesita, que clama, que exige la paz; pero para todos, paz para los marginados, los desheredados, los hambrientos de tierra, los desocupados que exigen trabajo, las madres que impunemente se les mueren de hambre los hijos. Días antes de la entrevista, el apologista del golpe de Estado, el teórico del supuesto vacío de poder, Landazábal Reyes, Ministro de la Defensa, categóricamente afirmaba que ni había, ni podía haber diálogo con la Colombia en armas, con Colombia guerrillera.

En Madrid sucedió todo lo contrario, y es obvio que en cabezas calientes como los generales Landazábal, Matamoros, Lema Henao y demás guerreristas, haya inquietud y sinsabor.

Felipe González, jefe del Gobierno español, posibilitó el encuentro de las dos Colombias: la de Betancur y la insurgente, representada por los miembros de la dirección del M-19.

R.V. Pero, se podría decir que el diálogo —con minúscula si he entendido el sentido de la aclaración- fue positivo?

Nosotros lo calificamos como ameno y positivo y aunque el tiempo de duración —casi tres horas- no fue suficiente para profundizar tan amplia problemática, sí se sentaron las bases para proseguir conversaciones con el ánimo de aislar a los sectores más retardatarios del régimen.

Lo concreto es que han quedado abiertos los canales, por lo menos para que nosotros los guerrilleros prosigamos las conversaciones frente a nuestro pueblo. Mientras tanto la guerra continúa. Todavía la contrainsurgencia —con el Ejército a la cabeza- se resiste a aceptar conversaciones y se empecina en asesinar a nuestro pueblo y a nuestros compañeros.

R.V. Si esto es así, si la guerra continúa ¿no cree que las reuniones con Betancur le da, en contra de ustedes, más prestigio? Muchos afirman que Belisario ganó con este diálogo...

Nosotros también lo creemos pues le ha dado alguna continuidad a su empeño en Contadora y América central. Pero en el caso nuestro, una vez más hemos demostrado a nuestro pueblo y al mundo que queremos la paz, pero una paz con dignidad, una paz con conquistas para el pueblo, por la cual muchos de nosotros, hombres y mujeres generosamente han derramado su sangre. Para este anhelo tan grande y tan generalizado de paz entre el pueblo colombiano, cualquier paso por imperceptible que parezca, es positivo. Lo importante no es que haya ganado Betancur o nosotros: en esto lo importante es lograr aislar al sector guerrerista que quiere a sangre y fuego silenciar a nuestro pueblo.

R.V. Entonces, ¿eso quiere decir que ustedes dejarán de actuar militarmente?

No. Las acciones tanto en el campo como en la ciudad continuarán. Hemos lanzado propuestas concretas, por demás amplias, de que se suspendan las operaciones militares de parte y parte: el cese al fuego. Pero los guerreristas de turno, los seguidores del Pentágono no quieren dejar avanzar la política de paz.

Colombia entera, expresada en todos los estamentos sociales, ha recibido este primer diálogo con alborozo; no ha sucedido igual con los que quieren continuar con la política del garrote… Los generales que ya les he nombrado no pueden ver con buenos ojos este diálogo y no hay que descartar que los teorizadores del vacío de poder aprovechen cualquier coyuntura para el golpe. Eso sí, ellos pueden estar seguros que si lo intentan, será todo un pueblo el que les salga al paso, será todo un pueblo el que no les dejará pasar.

R.V. Un momento: si las cosas son de este calibre, entonces ¿Cómo analiza la posición de Betancur?

Mire, pienso que Betancur quiere más de lo que puede. Gobernar con un estamento militar que se mueve como reflejo fiel de unos grupos financieros que no sólo esquilman el pequeño patrimonio de miles de ahorradores sino que también, por su carácter monopólico, arrinconan a la pequeña y mediana industria y obstaculizan las pretendidas transformaciones económico-sociales, no deja de ser complejo.

Creo que si BB de verdad se decidiera a ir hasta el final y por la democratización económica, política y social de Colombia, tendría que colocarse el casco, como lo hizo el inolvidable Allende.

R.V. Hay quienes afirman que el M-19, con todo esto de la amnistía y la política de diálogo, ha perdido presencia e importancia en la política colombiana.

El M-19 no ha perdido vigencia. Nuestras propuestas políticas y nuestro accionar militar están el corazón de un pueblo para el cual no somos sólo una esperanza, sino una real alternativa de poder.

La lucha por la paz. En Colombia

R.V. A principio de este año las FARC y el M-19 dieron a conocer un instrumento conjunto en el cual se daban los primeros pasos de una unidad de acción y se llamaba a las otras organizaciones político-militares, políticas y sociales, a integrar un solo frente de lucha para el logro de la paz. ¿Cómo concibe el M-19 el proceso unitario?

El documento a que te refieres tiene una significación trascendental. Por fin hemos dado serios pasos de unidad con nuestros hermanos de las FARC. El M-19 insistirá en estrechar los lazos unitarios buscando sobre todo lo que nos une, haciendo todo lo posible para que las propuestas que hagamos al país sean del conjunto. Además, trataremos de llegar a la unidad con otros sectores en armas, poniendo los intereses bolivarianos por encima de los intereses de grupo o partido.

Ahora bien, en esta lucha por la patria no sólo se mueven fuerzas armadas revolucionarias. También existen fuerzas que van desde la Junta de Acción comunal, el comité de padres de familia, el Consejo estudiantil, las asociaciones de profesionales, de profesores, enfermeras, los sindicatos, la Iglesia de los pobres. Para todos ellos, para los que quieren engrandecer esta patria, va también nuestro llamado de unidad. El proceso unitario se enfrenta con que en Colombia se mueve una oposición que va desde los más rojos hasta los supuestos socialdemócratas que se han olvidado de la patria, la patria que enseñó bolívar y por lo que tanto lucho, y no ha podido cristalizarse una oposición fuerte, una unidad de criterios que rompa los esquemas tradicionales de la lucha opositora.

Pero así como se da este hecho, también existe en Colombia un sector legal en lucha que, en desfavorables condiciones, combate por la Colombia libre. Hacen una labor de titanes: el partido Comunista, la CSTC, el sindicalismo independiente, y otras organizaciones más, que a pesar de la masacre a que han estado sometidos continúan su lucha. Estos son hechos políticos que tienen su peso en la perspectiva de conformar un frente común por la democracia.

R.V. No se ha referido a las nuevas organizaciones surgidas con posterioridad a la amnistía, una de ellas "Alternativa Bateman por la paz" que retorna el nombre del comandante Pablo y actúa legalmente.

Vea, en Colombia existen amnistiados y amnistiados entre comillas. Entre los primeros hay muchos compañeros quienes realmente creen que en el país existen condiciones para desarrollar una lucha opositora legal, a nombre de la política del M-19; otros simplemente se aburrieron de los avatares de la guerra, y algunos están desinformados.

El M-19 no considera que la amnistía por sí sola a ofrecido condiciones para impulsar una oposición democrática con perspectivas de avance para el movimiento popular. Porque si lo dejan a usted dar declaraciones a la prensa, o realizar un mitin, pero todos los días le están asesinando dirigentes en las calles, no se puede creer que hayan perspectivas de construir fuerza real, fuerza alternativa de poder. Por eso, desde nuestra posición, la supuesta "alternativa" que plantea esta gente no es tal, y desautorizamos la utilización del nombre de nuestro comandante, guerrero y combatiente por esencia, para denominar causas ajenas a esas por las qué él luchó.

También hay amnistiados que nunca fueron combatientes y solo andan en pos de prebendas, de los beneficios personales que el Gobierno ofreció a quienes se amnistiaron. Ante el país, la posición de estos individuos se extiende al conjunto de los amnistiados y ellos les crea, como grupo, una imagen de oportunistas.

A quienes alguna vez fueron combatientes nuestros y desean participar del proyecto del M-19, les decimos: su puesto de combate hoy está en las columnas guerrilleras y ojo, porque el gatillo de la contrainsurgencia les sigue apuntando.

Hemos reiterado que la amnistía es un paso hacia la paz y así lo ha reconocido el Presidente Betancur. Y lo decimos porque, como le dije, la guerra continúa.

La amnistía ha significado un alto costo político y militar. Hemos dejado la trocha y los pueblos llenos de cruces: muchos de nuestros compañeros han sido masacrados por los cuerpos de contraguerrilla dirigidos por el Batallón Colombia y por la III, IV, VI, y XIX brigada.

Hombres como Sigifredo Ruiz, en el Putumayo, Camilo Restrepo en Cali, Sigifredo y Jairo Rojas, en el Caquetá, Israel Oviedo, y tantos más en Florencia, han sido asesinados por los cuerpos contragerrilleros "Atila", "Bomboná" y "Escorpión".

A pesar de ello, continuaremos el diálogo, pero también seguiremos combatiendo porque no hemos llegado a ningún acuerdo de cese de hostilidades. Hoy nuestros hombres y mujeres, en los puestos de combate y sus respectivas tareas, mantienen el accionar, y lo ampliaremos si las circunstancias lo exigen.

Muchos nos preguntan por qué la lucha por la democracia la hacemos con los fusiles en la mano, mientras en otras latitudes se hace desde diferentes trincheras. En Colombia del siglo XX —que amarga realidad-, en esta Colombia de los US $ 11.000 millones de deuda externa y sólo US$ 3.000 millones de ingresos, de los miles y miles de campesinos sin tierra, de los cientos de miles de destechados, de los niños deambulando por las calles; en esta Colombia del millón y medio de desocupados, de los cientos de empresas medianas y pequeñas acorraladas por el gran capital, tenemos  los revolucionarios que empuñar las armas en la lucha por la democracia económica, política y social.

R.V. Uno de los casos que más han escandalizado al país en los últimos tiempos es el de los numerosos asesinatos en el Magdalena Medio. Se ha dicho que las causas de ese flagelo se encuentran sustancialmente en la acción de la mafia y grupos como el MAS. ¿Cómo analiza esta situación?

En un país como el nuestro donde el latifundio improductivo tiene tanto peso, la lucha por la tierra tiene caracteres explosivos. En el Magdalena Medio asistimos a la más cruel masacre. Los desheredados de la tierra, los que con sacrificio, analfabetismo y duras enfermedades tumbaron selva y montañas y crearon la riqueza existente, hoy exigen respeto a sus derechos. Esto no lo aceptan los terratenientes, los latifundistas armados y entrenados por ese Ejército mal llamado "de Colombia".

El Ejército ha ensangrentado la región y allí la lucha se está convirtiendo en una verdadera guerra entre los de abajo y los de arriba, a pesar de los grupos paramilitares —Tiznados, Grillos, Menudos- y los CAES y GOES, estos últimos pertenecientes institucionalmente a los organismos represivos del Estado.

El M-19 después de Bateman

R.V. En algunos medios políticos se ha afirmado que con la desaparición del comandante Jaime Bateman el M-19 tomará otro rumbo, otra línea de acción.

Pablo. Jaime Bateman, mi hermano de 25 años de lucha, ha dejado un vacío, pero como un solo hombre, jóvenes y viejos, hombres y mujeres del M-19 no dejaremos —no importa lo que venga- esas banderas de lucha que como comandante del M-19 izó tan altas. Esa talla de gigante, ese hombre que con todos nosotros encumbró la organización, seguirá presente. Con dolor de pueblo pero con ganas de triunfar, continuaremos su obra.

He asumido la responsabilidad legada con la esperanza de que continuaré hasta el final la obra emprendida; pero si cualquier día de estos me llega la hora, habrá otros Fayad, otros Pizarro, otros Navarro Wolf, otros Gustavo Arias, Otros Toledo, otros Otero y muchos más, quienes no dejarán arriar las banderas por las que ya se ha derramado demasiada sangre generosa.

Más aun, en el M-19 tenemos la convicción de que el futuro de este proyecto no está en un grupo determinado de hombres, o en una organización; ya es parte del sentir de las mayorías cuya decisión de forjarse un destino propio, le dará continuidad a la lucha.

Contra la agresión imperialista

R.V. El 25 de octubre los marines norteamericanos invadieron Grenada ¿Qué perspectivas ve Usted en América Latina frente a la política belicista de la administración Reagan?

Hoy cuando la política del "gran garrote" está instaurada, ya con el caso de Grenada, ensangrentada y vejada, los latinoamericanos tenemos que levantarnos, con más madurez que nunca, como un sólo hombre, para repudiar con la energía necesaria y expulsar a los que ayer se vanagloriaron cercenando a México y ocupando Panamá.

Hoy cuando con histeria inusitada ocupan y ensangrientan una nación y un proceso democrático y popular, y preparan operaciones demoledoras contra la heroica Cuba, la Nicaragua triunfante y la revolución Salvadoreña, cobran mayor vigencia los planteamientos y las luchas antiimperialistas de nuestros mejores hombres: Bolívar, Martí, Sandino y el Ché. Los imperialistas, con Reagan a la cabeza, han sido los que han querido que nuestra América se convierta en la hoguera definitiva que queme los intereses imperiales. Hoy más que nunca cobra vigencia la necesidad de crearles dos, tres, más Vietnam. ¡Ellos lo han querido!

R.V. Se habla insistentemente de una nueva intervención en nicaragua o El Salvador...

Reagan en su afán reeleccionista desempolvó la política del gran garrote y la arrogante Doctrina Monroe. Lo que no debe olvidar en su belicismo es que aún en las mentes de los norteamericanos están frescas las lecciones de Vietnam con los cientos de miles de tumbas.

Además, así como nuestros hermanos vietnamitas, camboyanos y laosianos no se dejaron chantajear ni amilanar, tampoco lograrán hacerlo en nuestra América. Nosotros también asimilamos experiencias. Estamos dispuestos a cobrar muy caro la deuda de las Malvinas y ahora la de Grenada.

No pasarán hoy impunemente las huestes militaristas gringas sin encontrar en cada país, en cada ciudad y en cada montaña latinoamericana una ejemplar trinchera de combate.

R.V. Hablemos de Centroamérica y el papel que le atribuye a contadora lo en la solución del conflicto.

En un conflicto de grandes proporciones como el de América Central, la inquietud llega a muchos sectores, y los conceptos que se emiten son diversos y no pocas veces encontrados.

En América Central observamos desde las dictaduras empotradas en el poder a sangre y fuego como en Guatemala, El Salvador y Honduras —donde el general Álvarez es el poder- hasta supuestas democracias como Costa Rica que también surgen el impacto de la dominación imperialista. En este último caso ese país va en camino a convertirse en un Líbano.

Allí escuchamos las tibias declaraciones de un Gobierno socialdemócrata y vemos el apoyo directo a apátridas como Pastora y compañía.

En este marco de agresión contra el régimen popular de Nicaragua y la Revolución Salvadoreña por parte de los Estados Unidos y con la complicidad de los Gobiernos nombrados, irrumpe el grupo de contadora, donde no hay unidad de criterios porque también allí conviven posiciones como las de Herrera Campins, quien no vacila en cortar el suministro de hidrocarburos al pueblo nica que resiste heroicamente ante el bloqueo y la intervención.

A pesar de ello, Contadora puede seguir jugando un papel positivo, siendo difícil saber hasta cuándo, y siempre que como grupo aprenda a diferenciar una guerra de agresión imperialista como la que sufre nuestra hermana Nicaragua, y una lucha por la dignidad y la vida como la que adelantan nuestros hermanos salvadoreños del FMLN-FDR.

Las llamas y la generalización de la guerra se apagarán sólo si Reagan, Schultz y sus "halcones" entiendan que la lucha de nuestros pueblos es por salir del subdesarrollo; y si esto no está perfectamente claro en el grupo de Contadora, su papel dejará de ser positivo.

En todo este conflicto centroamericano, como combatientes bolivarianos que somos, estaremos con nuestras armas y nuestra solidaridad política al lado de nuestros hermanos salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, nicaragüenses, granadinos y cubanos.

IVÁN MARINO OSPINA

Por Patricia Lara

Tomado del libro "Siembra vientos —y Recogerás Tempestades" de Patricia Lara. Premio Nacional de Periodismo CPB 1982. Nominado

Acababan de matar a Camilo cuando me fui para el monte...Al comienzo, hasta la caída de una hoja me impresionaba...Pablo y yo nos perdíamos, no sabíamos orientarnos, no podíamos manejar la brújula, la nuestra era el campesino... El analfabetismo de muchos guerrilleros era definitivamente lo que más me impresionaba.

Pablo se fue a la guerrilla como responsable político del grupo del comandante de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, Tiro Fijo. El quiere mucho a Pablo, pero es un comunista disciplinado... Yo era el responsable político del grupo de Ciro, entonces subcomandante de las FARC. Pablo llegó al Huila y yo al Quindío.

Al poco tiempo, también a él lo enviaron al Quindío para que trabajara en llave con la gente del Cauca y del Valle.

Entonces hicimos nuestra vida guerrillera juntos

Nos levantábamos a las cinco de la mañana. Doblábamos el equipo. Los guardábamos. Hacíamos charlas políticas, guardias, planes... Cocinábamos. Remendábamos la ropa. La lavábamos. Hablábamos con los campesinos... Hacia dos o tres años que habían operado a Pablo de la pierna. El injerto no le prendía bien. Todos los chamizos se le incrustaban en la herida. Vivía echándose uña. La pierna le molestaba mucho... No teníamos mujer en la guerrilla. No nos quedaba más remedio que chuparnos el dedo...comer carne de vaca, eso era lo que hacíamos...

Protestábamos. Nos quejábamos porque faltaba una línea de acción. Éramos muy críticos. A nadie le perdonábamos que se bebiera la plata o que se robara las cosas.

De verdad que nunca planteamos hacer anti-partido. Lo que ocurría, simplemente, era que veíamos que tal como iban las cosas la revolución estaba muy lejana. Éramos partidarios de llevar la lucha a la ciudad. Inclusive Marulanda estuvo de acuerdo con ese planteamiento.

La gente mejor acomodada del partido se opuso a la lucha urbana. Decía que ella perjudicaba la actividad legal. Entonces comenzamos a chocar con el grupo de Gustavo Castro, de Juan Viana, de Manlio Lafónt, de Carlos Romero...

Poco antes de que me expulsaran de las FARC llegó una carta de Estado Mayor al campamento guerrillero de Jesús María Rivas Rojas, alias Cartagena, quien hoy trabaja para la inteligencia militar y le contó al Ejército todo lo que hice en las FARC. Yo me encontraba ahí. El Estado Mayor decía en la carta que debía trasladarme a dirigir otro frente, el de Urabá, porque yo ya tenía suficiente experiencia. Entonces fui a Montería. Encontré a los guerrilleros en un estado lamentable. Se morían de hambre, estaban aislados, no se habían ganado la solidaridad de la gente.

Viajé a Bogotá. Fui donde se encontraba Jacobo Arenas, el segundo hombre de las FARC. Le informé la situación. Pablo estaba con él. Había ido a organizar la escuela de comandantes. Jacobo me pidió que le ayudara a preparar los cursos de economía y de filosofía. En esas llegó un comunista y le dijo: Jacobo, usted tiene a su lado a dos espías del enemigo, agentes de la inteligencia militar, agentes de la CIA.

Yo le iba a dar en la jeta a ese tipo, pero Jacobo no me dejó, Pablo se puso a echar madrazos. Los miembros del Estado Mayor de FARC, presentes ahí (Jacobo, Ciro, Ezequiel Gallo, otros), discutieron si nos sometían o no a consejo de guerra.

El partido quería más a Pablo que a mí. En esa época él era el secretario de Jacobo. Pablo siguió en las FARC unos años más. A mí me expulsaron. El comandante Ciro, muerto ya, fue quién me salvó la vida: Yo conozco el comportamiento de Iván —insistió.

Entonces Jacobo me llamó aparte y me dijo: Iván, usted no pasó el cedazo del Partido Comunista. Váyase, llegue a alguna zona donde no haya Partido y póngase a construirlo. Yo me puse a llorar. Imagínese usted, luego de que veía a Fanny cada seis meses no más por andar metido en la guerrilla: después de que la había dejado sola siendo una niña de diecisiete años (me casé con ella cuando tenía catorce); luego de que por mi culpa aguantaba hambre y salía adelante sola teniendo al niño chiquito enfermo de los pulmones; después de todo eso, Jacobo me salía con esa historia... Lloré mucho... No se extrañe.... También soy humano, también sé llorar...

Llegué a Bogotá entonces, en 1968, aguanté mucha hambre. No tenía cinco centavos. Vivía escondido: a Pablo y a mí nos habían condenado a cinco años de cárcel, por rebelión, en el Consejo de Guerra de Las Coloradas.

Sólo amigos de la infancia me ayudaron

Fui a Venezuela, ingresé a la guerrilla venezolana. Poco tiempo después, se desbarató... Volví a quedar sin piso... Conseguí puesto como tornero en una fábrica de grifos. Estaba desesperado. Desde Caracas llamé a mi abogado, César Pineda, y le pregunté si podía regresar. Me respondió que no veía ningún problema en que volviera. Regresé en 1970

A la semana de haber llegado, estando en la Plaza de Bolívar de Pereira, se me disparó una pistola automática que tenía en el bolsillo. Me herí una mano. El Gobernador hizo un escándalo tremendo. Como me estaban buscando, me reconocieron. Me cogieron preso. Me reventaron la cabeza a garrote. Me llevaron a la cárcel de Cartago.

También había tortura en esa época. El Coronel Augusto Pradilla, hoy fiscal del Consejo de Guerra de La Picota, entonces Capitán del B-2, con cigarrillos encendidos les quemaba los pezones a las mujeres. Recuerdo concretamente el caso de una campesina de Montenegro, Mariela López. Ella colaboraba con las FARC. A Mariela le quemó los pezones Pradilla. No sé si haya muerto ya, estaba tuberculosa.

A mi suegro, solamente por el hecho de serlo, lo tuvieron preso dos años y medio. Varias fueron las veces que lo obligaron a tomarse sus propios “miaos”. Esa era la tortura que le hacían.

En 1971, durante la presidencia de Pastrana, el Consejo de Guerra de las Coloradas fue anulado por fallas en el procedimiento. El levantamiento del Estado de Sitio determinó su anulación. Por eso el cojo Ochoa, juez entonces, decretó mi libertad.

Me puse a trabajar. Le manejaba la plata a unos ricos amigos míos, buenas personas ellos... Para los millonarios me llamaba Alvaro. No tenía sueldo. Me dejaban gastar lo que quisiera, lo que necesitara, cincuenta, sesenta mil pesos... A pesar de que estaba bien y de que ganaba mucho dinero, busqué a los compañeros: quería hacer algo...

Desde que dejé las FARC tuve la idea de crear una organización revolucionaria, amplia, abierta, donde no se exigiera tal cantidad de requisitos, que la gente que se necesitara para tomarse el poder no cupiera en ella. Busqué a Luís Otero, a Gustavo Arias, hice contacto con Pablo. Él estaba todavía con la FARC..

Editamos la revista Comuneros. En ella proponíamos la unión de los grupos guerrilleros. Siempre hemos insistido en eso, la unidad de la gente armada. De Comuneros circularon clandestinamente cuatro números. Los imprimimos en un offset que le robamos a un tipo. Lo sacamos a hombro. La montamos en un jeepecito (sic) viejito, que era lo único que teníamos. El jeep no prendía. El offset casi lo desbarata. Cargado con el offset robado tuvimos que empujarlo, muertos de la risa, en la mitad de la noche. Pablo viajaba a Bogotá con frecuencia, insistía en organizar la lucha en la ciudad, se reunía con nosotros. Un día nos encontramos con un comunista, uno de esos acomodados....

Apenas nos vio juntos se fue a decirles a las directivas del partido que había visto a Pablo "conversando con el tira Iván Ospina dentro de un bus".

Expulsaron a Pablo del partido. Eso ocurrió a mediados de 1972. Expidieron una resolución en ese sentido. La hicieron pública. Como él era más importante que yo, el Partido Comunista lo expulsó públicamente, con resolución y todo.

Pablo se quedó en Bogotá: nunca más regresó a las FARC.

Luego de la fuga de Iván Marino Ospina, alias Felipe, y de Helmer Marín, de la cárcel, el Ejército repartió propaganda en la que ofrecía recompensas a quienes informaran sobre el paradero de los prófugos.

Cuando iniciamos el M-19 no teníamos armas ni plata.... Nos dedicamos a conseguirla......

Recuerdo una de nuestras primeras acciones: nos robamos la colección de armas de Ponce de León, el dueño de Levapán. Imagínese que el hijo mayor del viejo no le pegaban bien los esparadrapos con que lo amarramos. Entonces, asustado, con un pedazo de esparadrapo colgándole de la boca, nos dijo: Miren... Póngame el esparadrapo bien que estoy ¡desamarrado!

Todos soltamos la carcajada... Era buena persona ese muchacho. Cómo seríamos de pobres al comienzo, que negociamos personalmente, con un señor muy conocido, el rescate de un secuestro. Nos montamos entre un carro con él y así, dando vueltas por Bogotá, aceptamos recibir los dos millones de pesos que nos pagaron, en lugar de los cinco que habíamos pedido.

Nos pasaban unas cosas más absurdas. No se me olvidará nunca el asalto que hicimos en un banco de Cali. Cuando Pablo le dio la mano al gerente y le metió un tirón para ponerlo manos arriba, se le cayó la peluca. Entonces se la echó al bolsillo y sólo, con otro compañero, acabó de poner manos arriba a las cuarenta personas que había dentro del banco. Los del grupo de apoyo entendieron mal la señal que Pablo les hizo desde el “mezzanine” y, en lugar de quedarse atentos, se fueron. Creyeron que la acción ya había terminado. Yo los esperé afuera entre un jeep. Apenas estaba aprendiendo a manejar. El compañero que sacó el maletín con la mayor parte del dinero se montó a mi lado. Arranqué rápidamente. Recorrí como cinco cuadras. Volví a mirar atrás. Vi nada menos que a Pablo, parado en frente al banco, haciéndome señas con los brazos en alto. Traté de hacer andar el jeep en reverso. Como no lo logré, Pablo llegó corriendo, muerto de risa, con los bolsillos llenos de billetes que se asomaban. Así recuperamos para la revolución como millón de pesos...

Hay muchas anécdotas. Ahora recuerdo, por ejemplo, la del perro en el Cantón. Figúrese que cuando los compañeros entraron al túnel de trescientos metros que construimos desde la casa que compramos al frente del Cantón Norte y comenzaron a sacar las armas, un oficial que llevaba un perro Pastor Alemán pasó junto a la pared del otro lado. El animal ventió, se le zafó al oficial y empezó a ladrar y arañar la pared del depósito de armas. Los compañeros se tendieron inmediatamente. Se quedaron quietecitos, sin respirar prácticamente. Entonces oyeron que el oficial le decía al animal: ¡Perro hijueputa! Porque se mió una perra aquí ¡ya se volvió loco! ¡Camine!

El hombre le pegó. Alejó el perro a la fuerza. Los compañeros terminaron de desocupar el depósito de armas.

Dos semanas después de la recuperación de las armas nos detuvieron en Cali, en nuestra casa del barrio Camino Real. Fue el 15 de enero de 1979 a las cuatro de la mañana, recuerdo. Tres horas antes Pablo se había ido...

Allanaron la casa. Reventaron la puerta a patadas. Despertaron a golpes a los niños. Los obligaron a levantarse. Encapucharon a Fanny. La amarraron. La tiraron al suelo. El niño menor, de tres años, comenzó a llorar. Los otros, de doce y trece, miraron en silencio.

Me dieron golpes de culata, patadas... Me dejaron en calzoncillos, me encapucharon. Se pusieron mis botas. Insultaron a Fanny. Se llevaron mi equipo de sonido. Se robaron todo lo que pudieron. Prácticamente destruyeron la casa. Todo lo hicieron delante de los niños....

A ellos los tuvieron veinticinco días en el Batallón Pichincha. Los interrogaron. Los niños no hablaron. A todo contestaron "no sé". No dijeron dónde vivía Pablo... La impresión le produjo amnesia a Mauricio, el menor. Ni siguiera a Fanny y a mí nos reconocía al principio.

Un mes permaneció el Ejército en mi casa. Querían capturar a todo el que llegara. Pero Fanny alcanzó a poner en una ventana la toalla roja que le indicaba a los compañeros que no podían entrar... No cogieron a nadie.

A Fanny la tuvieron varios días de pie, sin comer, sin dormir... Intentaron  violarla. Quisieron llevarla a los prostíbulos.

Camine, nos pasamos una noche de amor -le decían. Pero ella es una mujer muy pura. Diez meses estuvo presa. La soltaron porque no encontraron méritos suficientes para mantenerla recluida. Apenas salió de la cárcel, fue a recoger a los niños que estaban con mi viejo y mi vieja, de noventa y cinco y ochenta años ya. Cuando el niño menor la vio le preguntó: Señora ¿usted sabe dónde está mi mamá? Señora, ¿cómo se llama usted?

El niño ya nos reconoce. Pero todavía habla de cuando él tenía papá y mamá...

Fanny se trasladó a vivir a Bogotá para poder visitarme en la cárcel, cuando me fugué tuvo que esconderse. El Ejército sacó unas hojas volantes en las que daba el nombre de Fanny y de los niños, la dirección de la casa y ofrecía un millón de pesos a quien me entregara vivo o muerto.

Fanny y los niños consiguieron pasaportes falsos. Un tipo que seguramente trabaja para la inteligencia militar, se los hizo. Es muy raro que en septiembre, cuando venía con los niños a Panamá, la detuvieron en el aeropuerto. La condujeron a la cárcel del Buen Pastor. Los viejos se encargaron de los niños otra vez. ¡Pobrecito el viejo! Ha sufrido mucho con todo esto... Pero yo se que en el fondo sé siente orgulloso de su hijo....

Con la ayuda de unas monjitas, se logró que Fanny saliera de la cárcel nuevamente. Pronto debe venir. Como sea me la traigo. Está muy triste. Está muy mal. El papá se le acaba de morir. Cuando fue a visitarla a la prisión y la vio tan aporreada, le dio un infarto.

Pues sí, a mi me llevaron vendado a una casa del barrio Nuevo Tequendama, de Cali. Ahí quedaba nuestra "cárcel del pueblo". Me amarraron en una esquina del patio y estallaron granadas de gases lacrimógenos a mi lado. Sentí que me iba ahogar. ¡Qué desesperación! Luego me condujeron a una finca junto al río Ponce. Me sometieron al submarino: con las manos atadas atrás y los pies sujetados con esposas me obligaron a sumergir la cabeza dentro de un tanque lleno de agua hasta que perdí el conocimiento. Eso me lo hicieron varias veces. Cuando recobraba la conciencia me decían que sólo me dejarían tranquilo si les entregaba las seiscientas armas que tenía guardadas. Esa tortura la dirigió un suboficial del B-2, alto moreno, de unos cuarenta años de edad y unos ochenta kilos de peso. Se llama Reynel Ramírez, si mal no recuerdo. También había un mayor y un teniente. Pero los primeros torturadores estaban vestidos de civil.

Después me llevaron al Batallón Pichincha. Me tuvieron en la remonta. No sé durante cuántos días me dieron garrote. Perdí la noción del paso del tiempo. Un día me pusieron una ruana para tapar mis manos atadas atrás por las esposas, y me montaron en un avión de AVIANCA. Debía estar pálido. Nadie me dijo nada. Llegué a Bogotá. Me condujeron a Usaquén. Me vendaron. Me trasladaron a las Cuevas de Sacromonte.

Olía a campo. Parecía como si hubiera cerca un abrevadero de caballos. Llegué a unos túneles largos, fríos, de piedra. Ahí encontré a Sergio Betarte, a Augusto Lara, a Julio César Pachón y a un muchacho de Bogotá de apellido Erazo. A Betarte, el uruguayo, fue a quien torturaron primero. Yo oía gritos. Oía su llanto que se mezclaba con la música de Wagner que sonaba siempre al fondo de las cuevas. Vendado, desnudo, siempre de pie, esperaba mi turno. Eso, oír los gritos de los compañeros y esperar el turno, es la peor tortura... Se siente odio, impotencia, dan ganas de morir...

El turno le tocó a Augusto. Después me tocó a mí...

Yo estaba extenuado: había soportado diez o quince días sin comer, sin dormir, de pie casi todo el tiempo, desmayándome y despertándome a golpes de culata, patadas, garrote... Sin embargo, me torturaron más: vendado, me colocaron un electrodo en cada testículo. El dínamo al que estaban conectados generaba electricidad. Sentía que el pelo se me erizaba, que los testículos me crecían... Los militares insistían en que delatara a mis compañeros. Y me torturaban... Me torturaban más. Me obligaban a subir sobre una banca, vendado también con las manos atadas detrás. Me envolvían los antebrazos con trapos de estopa sobre los cuales amarraban lazos para que la otra tortura no dejara pruebas. Luego ataban esos lazos a una diferencial y me levantaban un poco, de manera que quedara apoyado solamente sobre las puntas de los dedos de los pies. Me pedían tres veces la dirección de Pablo. Siempre. Como no les respondía, me quitaban la banca. Mi peso recaía sobre mis hombros. Parecía como si el cuerpo fuera a desprenderse de los brazos y a caer.

Esa tortura, la colgada, la repitieron miles de veces, durante horas, durante días. Preguntaban tres veces, siempre tres veces: ¿Dónde podemos encontrar a Pablo, en qué tiene invertido el dinero el M- 19, cuáles son los nombres de los militares que les dieron la información sobre las armas del Cantón Norte?

Pero luego de llevar colgado varias horas, se insensibilizaban los brazos, se esfumaba el dolor. Volvía cuando me soltaban de nuevo. Volvía con toda intensidad. Y cuando me obligaban a bajar los brazos, me dolían aún más...

Al ver que nada me hacía hablar, los militares me forzaban a doblar una pierna contra las nalgas de manera que pudiera agarrarme el pie con las manos atadas atrás. El pie, a su vez, lo amarraron a mis manos y de ellas me colgaron. Creí que me iba partir. ¡Eso es lo más horrible! Seguían preguntándome. Seguía mi silencio... Entonces me pegaban con una varilla por todas partes. Se me inflamaban los testículos. Repetían la tortura. La repetían una y otra vez. Terminaba de camilla. Entonces me llevaban donde estaban los demás. Ya el turno le tocaba a otro.

A Augusto Lara fue al que más colgaron del pie y las manos. Como sufre del corazón, le daban paros cardíacos. Augusto descubrió que si mascaba dos o tres cigarrillos antes de la tortura, se aceleraba el paro. Sin embargo, continuaban torturándolo. Él creía tal vez que así podría morirse...

A mí también me dieron ganas de morir

Después de haber soportado muchos días de dolor y de humillaciones, resolví cortarme las venas. Yo ya era monstruo. Estaba aniquilado. Sólo deseaba suicidarme. Pero ni siquiera matarme me dejaban....

Una vez le pedí a un torturador un poco de agua. Me llevó un pocillo grande de metal con un líquido fétido. Olía a amoniaco. Contenía agua sacada del inodoro repleto de miaos... Como no podía levantar los brazos, puse las manos atadas sobre el piso y recibí el pocillo. Lo agarré con la boca. Lo sostuve con las manos. Entonces sentí que algo me las rayaba. Miré. Era una cuchilla: mi salvación... Seguramente la habían dejado sucia untada de jabón, botada por ahí, y alguien había puesto el pocillo encima de ella. Para despistar, tomé el agua. Cogí la cuchilla disimuladamente. La escondí entre los dedos de un pie. Regresé al lugar donde estaban los demás. Entonces les dije: Compañeros, avísenle a la Dirección que yo me suicido. Me corte las venas. Me las corte antes de que el hombre me volviera a amarrar para colgarme. Mire las cicatrices que me dejaron las heridas. Esas no se me van a quitar...

Mientras uno se desangra, se ven luces, chispitas...Luego se cae y no se recuerda más. No sé cuánto tiempo permanecí dormido, de pronto oí que alguien, un médico o un enfermero quizás, le decía al jefe de vigilancia. Miren, ese hombre se les va a morir.

Entonces me llevaron a otras instalaciones. Me suturaron las heridas y me aplicaron suero anti-tetánico. No podían dejarme morir, yo tenía tres seguros de vida frente a los del CAES y del B-2; el primero, que sabía cuáles eran las inversiones de la Organización porque era el encargado de las finanzas; el segundo, que conocía dónde vivían y donde trabajaban los miembros de la dirección, y el tercero, que sabía quiénes eran los militares que nos habían suministrado la información necesaria para sacar las armas del Cantón. Pero no le quepa duda: si ahora me vuelven a coger, me matan. Eso es lo que los militares dicen...

Cuando me recuperé un poco me llevaron de nuevo al túnel. Ahí estaba ya Duplat. Enfrente le pusieron una grabadora y una máquina de escribir. Sí, yo oí cuando dijo dónde teníamos guardadas las armas sacadas del Cantón. Duplat habló, y habló, y no, eso es mejor que se lo cuente él personalmente...

Luego de 15 días de detención, cesaron mis torturas.

(Los brazos, y los tobillos se me zafán permanentemente. Los hombros y los brazos se me hinchan. Por eso es que soy malo para la guerrilla).

Me trasladaron a la prisión del Barne, en Tunja. Luego me llevaron a Bogotá. Permanecí diecisiete meses preso en la cárcel de La Picota.

Allí encontré a los compañeros. La situación era difícil. La gente de la base se culpaba mutuamente.

Usted me delató - les decían con frecuencia los unos a los otros.

Afortunadamente, los miembros de la dirección que estábamos presos logramos hacerles entender que el soportar o no la tortura depende básicamente del nivel político que se tenga. Si uno está convencido de la justicia de su causa, no habla ni delata a nadie por más de que lo vuelvan picadillo.

Llevaba trece meses de reclusión cuando se produjo el asalto del "Comando Jorge Marcos Zambrano" a la Embajada de la República Dominicana. Dentro de la cárcel, El Turco y yo sabíamos que al medio día del 27 de febrero de 1980 el M-19 se tomaría una embajada y pediría la liberación de los presos políticos a cambio de la de los rehenes.

Estábamos en la sesión del Consejo de Guerra. Yo me había llevado un radiecito pequeñito. Me cabía en la palma de la mano. No me lo separaba del oído. El coronel Prieto, presidente del Consejo de Guerra, de quien me hice muy buen amigo (entre los dos manejábamos el Consejo, con altura, Coronel -le decía yo-, creyó que tenía dolor de muela. Me mandó a preguntar si estaba enfermo. El abogado Jiménez Callejas interrumpió su exposición para consultarme algo. En ese momento anunciaron por el radio la toma de la embajada.

Cuál me preguntó el Turco. República Dominicana, le dije yo. Con esa no salimos -contestó. Pero si hay treinta diplomáticos adentro -repuse.

Entonces le contarnos a todo el mundo. La gente se puso feliz.

Yo pensé desde el principio que el asunto podía durar tres meses.

Pero algunos compañeros estaban tan desesperados en la cárcel, que creyeron que todo se resolvería al día siguiente. Hasta enviaron los televisores a sus casas....

La toma duró dos meses. Durante ese tiempo, la gente de la inteligencia militar escudriñaba para descubrir la opinión de los presos miembros de la Dirección. Nosotros también averiguábamos qué pensaban ellos. El fiscal del Consejo de Guerra, coronel Augusto Pradilla, quería, por ejemplo, que el Ejército entrara a tiros a la embajada. Otros dos oficiales de la Marina, muy burgueses por cierto, opinaban lo mismo. En cambio Prieto, el presidente del Consejo, al igual que la mayoría de los demás oficiales, decía que el Gobierno debía negociar.

El "Comando Jorge Marcos Zambrano" a través de Eric Kobel, representante en Colombia de la Cruz Roja Internacional, nos envió a los miembros de la Dirección de La Picota un casete en el cual nos informaba el estado de las negociaciones. Yo debía responder dos preguntas para que los que estaban en la embajada tuvieran la seguridad de que sí éramos los de la dirección quienes contestábamos. Preguntaban en qué lugares quedaban una venta de revistas y una cantina. Se referían al puesto de revista que tenía en la Plaza de Bolívar, de Pereira, el papá de Fanny, y a una cantinita de Cali a donde iba siempre el comandante uno a oír la canción Pañuelito Blanco.

Respondí las preguntas. Los miembros de la dirección felicitamos al comandante por su acción. El ministro de Defensa escuchó el casete y dijo que no permitiría que ingresara a la embajada. Entonces Kobel regresó a La Picota y nos pidió que cambiáramos el mensaje. Nos negamos a hacerlo. Finalmente, el ministerio de Defensa tuvo que dejar que el comando escuchara ese casete allá adentro.

Después de dos meses de negociaciones, el desenlace de la toma de la embajada nos sorprendió a todos los presos políticos. Creíamos que se iba a lograr nuestra liberación. En la cárcel, la gente aceptó el resultado, más o menos bien, según su nivel político y su amor por la Organización. En general, se consideró que el desenlace había sido positivo porque le había demostrado al mundo que en Colombia sí había presos políticos y si había torturas y que, en consecuencia, el presidente Turbay había mentido descaradamente en Europa cuando había afirmado que el único preso político que había en Colombia era él. Además, los compañeros de La Picota comprendieron que el M-19 había sido promovido en el mundo entero.

Pero lo que fue en ese tiro no pudimos volarnos

Yo comencé a cranear mi fuga cuando me llevaron al Barne. De ahí me iba a escapar saltando un muro, pero me sapió un guardia de apellido Cetina. En la Picota me hice amigo de todos los oficiales.

Cualquier día con Helmer Marín, frente a todo el mundo era treinta segundos, disfrazados de militares, nos volamos atravesando seis puertas. Eso sí, nadie sabe cuáles.

Nuestra fuga la preparó la Organización. A Pablo se le convirtió en una especie de obsesión sacarme de la cárcel. Al principio se pensó en que el Turco saliera conmigo. Pero él es muy bajito y era difícil que pasara por sargento. Lo mismo ocurría con Pizarro y con Almarales. La cara de Pizarro es muy difícil de olvidar, no pasa inadvertida, a las mujeres les fascina. Almarales parece muy viejo, y los sargentos, por lo general, no son viejos ni buenos mozos. Por eso se decidió que Helmer se escapara conmigo. Él sí tenía cara de sargento.

Unos pocos compañeros de La Picota sabían de nuestra fuga; con el fin de facilitarla, organizaron un espectáculo para que tuviera lugar después de la sesión del Consejo de Guerra, mientras nosotros salíamos. Los hombres se disfrazaron de bastoneras gringas, con festones y todo. Brincaban y levantaban las piernas peludas para un lado y para otro. Las compañeras se vistieron de futbolistas con pantaloncitos bien corticos y jugaron un partido de microfútbol. Entonces la mayoría de los guardianes y de los oficiales se pusieron a ver piernas. ¡Ese fue uno de los momentos más importantes de nuestra fuga!

Cuando comenzó el partido, corrimos al baño para disfrazarnos. A Helmer se le cayó la gorra del uniforme de sargento dentro de un inodoro puerco, lleno de miaos, que olía a diablos.

Claro, le dije. ¡Ahora no nos van a coger por el disfraz sino por el olor.

A Helmer le dio ataque de risa, a mí también. Al fin le tocó sacar la gorra con la mano, limpiarla a medias y ponérsela así.

Él salió primero, se mezcló con la gente del Consejo de Guerra que no se quedó mirando pierna. Atravesó el patio y las puertas. Saludó a todos sus supuestos superiores... Yo lo miraba... Luego salí, vi al Turco. Estaba pálido. Por la cara que tenía creí que se le iba a reventar la úlcera observando la fuga.

En una de las puertas estaba un oficial quien minutos antes me había pedido prestados doscientos pesos. Como no tenía suelto, le di quinientos. Cuando lo vi de pie, ahí al lado de la puerta, me dio terronera. Me hice el que leía unos papeles y agaché la cabeza. Salí, no me reconoció. Quizá fue porque en el baño me afeité el bigote para coger pinta de Mayor.

Adiós mi Mayor- me decían todos los soldados mientras caminaba cuadras de cuadras para llegar hasta el lugar donde se parquean los carros, ahí, casi al frente de artillería.

Nos esperaban dos compañeros. Helmer se quitó su gorra fétida. La botó, subimos al carro, nos fuimos. Nos fuimos, miré el reloj. Eran las diez y media de la mañana del 24 de junio de 1980.

Es difícil acostumbrarse a la libertad

Al llegar a la casa abrazaba a las compañeras. Abrazaba a los compañeros... Reía...

Prendí el radio, no daban noticia. Bogotá no estaba militarizada. Sólo se supo por la noche nuestra fuga. Luego del partido de microfútbol los compañeros lograron distraer a los guardias. Entraron en tropel. Uno se hizo el que se había desmayado. Entonces nadie los contó. Sólo se dejaron contar cuando fueron a acostarse. En ese momento, al fin los militares supieron que Helmer y yo ya nos habíamos ido.

Pasé esa noche explicándoles a los compañeros lo que se siente en cada tortura...

Como yo debía ir a Panamá a cumplir la cita que les pusimos después de la toma de la embajada a los dirigentes políticos de Colombia, para que discutiéramos los problemas de nuestro país y llegáramos a un acuerdo para resolverlos de manera pacífica, necesitaba pasaporte. Pero no tenía foto. Entonces, al día siguiente, cuando ya había aparecido mi retrato en la prensa la radio y la televisión habían anunciado nuestra fuga, me tocó ir a un estudio de fotografía, ese que queda en la calle ochenta y cinco debajo de la carrera quince, para retratarme. Estaba muy nervioso, creía que todos me miraban, que todos sabían quién era yo…

Arreglé el pasaporte. Al día siguiente viajé a Medellín, me encontré con Pablo. Emprendimos la marcha. Pasamos la frontera. Llegamos a Panamá el 10 de julio, tres o cuatro días antes de la fecha fijada para la cita. Nadie acudió... Nuestra gente estaba en el aeropuerto y en los hoteles, lista a conducir al que llegara donde nos encontrábamos Pablo, Toledo y yo. Sólo la periodista Amparo Pérez viajo a Panamá, pero por error de un compañero, no pudimos verla.

Obviamente no nos habíamos hecho ilusiones con esa reunión... Siempre hemos estado convencidos de que la oligarquía colombiana no entiende sino a la fuerza, entiende a punta de golpes, y de golpes duros... Pero queríamos dejar constancia, una constancia para la historia, de que había sido la oligarquía, y no nosotros, la que había rechazado el diálogo para buscar la paz y la justicia de Colombia.

Sí, yo soy el segundo de la Organización. Lo soy tal vez porque ya casi completo treinta años de experiencia revolucionaria. Y la experiencia sirve... Pero en el M-19 hay personas como Álvaro Fayad y Antonio Navarro Wolf que pueden reemplazarnos perfectamente a Pablo, el jefe, y a mí... Si ello no fuera así, si no hubiera gente capaz de seguir adelante con nuestro ideal, no hubiera valido la pena nuestra lucha.

No, yo sí quiero regresar...

Pero la Organización me ha encomendado tareas en el exterior que considera importantes.

Desde que me fugué de la cárcel y viajé a Panamá no he vuelto a Colombia.

Desde entonces no me he sentido más demasiado cerca de la muerte, desde entonces... No, no crea... Le temo a la muerte. Le tengo mucho miedo... Es que yo amo la vida... Me gustan las mujeres bonitas... me gustan las flores... me gustan los niños....

Le temo a la muerte.

 

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